Lunes, 30 de Marzo 2026

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Homo praedator

Por: Eugenio Ruiz Orozco

Homo praedator

Homo praedator

Una vez más, en el ciclo maravilloso de la vida, se ha iniciado la primavera. De nueva cuenta, nuestras calles, parques, jardines, patios y balcones se pintan de morado, naranja, amarillo, blanco, rojo y otras tonalidades. El azul del cielo se vuelve más suave, tenue, transparente. Los aromas se esparcen. La temperatura se eleva. El canto de los cenzontles, canarios, jilgueros, tordos y gorriones acaricia nuestros oídos. Nuestro ánimo se renueva. En ese ritual inveterado, circular, reiterativo y eterno, la naturaleza nos abraza con su permanente generosidad y renace la esperanza. 

Mientras tanto, el homo praedator no se cansa de atentar contra los dones recibidos y, con una tenacidad digna de mejor causa, se empecina en dañar los valores fundamentales de la coexistencia y el entorno en que el habitamos.

Atrapados en nuestros egoísmos, hemos permitido que se atente contra los bosques, envenenando la calidad del aire que respiramos. Ahora mismo, quienes habitamos la zona metropolitana, debemos estar preocupados por la reaparición de columnas de humo originadas en La Primavera a causa de los incendios provocados por manos criminales. También, estamos padeciendo una grave crisis por el abasto del agua que, además de escasa, no es apta para consumo humano. Mientras esto sucede en nuestro hábitat más próximo, al otro lado del país, en el Golfo de México, enfrentamos una terrible catástrofe ecológica a consecuencia de los derrames de petróleo y la corrupción. 

Aun cuando existen múltiples ordenamientos que tienen como propósito regular el desarrollo de nuestra metrópoli, los resultados no son los mejores, debido, entre varias razones, a la falta de educación cívica y a la deficiente coordinación de las autoridades involucradas; cada una de ellas tiene una visión propia que se agrava por los intereses partidistas y la falta de acuerdos entre quienes gobiernan. Esto ha favorecido que se hayan cometido todo tipo de atrocidades, entre otras, invadir el cauce de los arroyos, construir en sus márgenes y autorizar edificios y cotos ignorando el respeto a los espacios y a la identidad de la ciudad. 

En tanto no aceptemos que conservar y proteger el medio ambiente es una tarea que exige la permanente colaboración entre la ciudadanía y las autoridades, seguiremos afectando nuestro espacio vital. Debemos, por el bien de la sociedad, asumir compromisos tan elementales como barrer el frente de nuestra casa, reducir la emisión de desechos, no dejar fuegos prendidos en el bosque, no contaminar los arroyos o los cuerpos de agua y presionar a las autoridades para que hagan valer los reglamentos que protegen nuestro entorno. Entendámoslo, la IA no tiene ni tendrá la capacidad para apagar un incendio, limpiar los acuíferos ni proteger a la naturaleza.

La IA no podrá emocionarse viendo florecer las jacarandas, oír recitar un poema o escuchar una canción. La IA no tendrá sed, ni acariciará a la amada, ni disfrutará de una conversación o de una buena comida. Sí, solo nosotros tenemos el privilegio de sentir. Por lo tanto, debemos preservar, amorosamente, los dones que la madre Tierra nos regala. ¿Será demasiado pedir que los cuidemos?

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