Una de las cosas que los jóvenes miran ahora con mucha curiosidad, sin saber cómo usarlos, son los antiguos teléfonos que se conservan en las casas como reliquias, las más de las veces como parte de la decoración. Están acostumbrados a su celular, en el que tienen no solo la comunicación telefónica, sino también el correo, su música favorita, series, películas y todo cuanto se pueda imaginar con la inteligencia artificial (IA). Además, pueden hacer fácilmente una videollamada y ver a su interlocutor en tiempo real al otro lado del mundo, lo que antes era impensable.Antes la cosa era muy diferente. Los teléfonos de baquelita eran comunes en los hogares y las oficinas. La baquelita era un plástico rígido y pesado, creado en los albores del siglo XX, que se usó en aquellos teléfonos de color negro que los distinguía.Tener un teléfono en casa era un privilegio porque había pocas líneas y menos redes. Uno hacía su solicitud y a esperar el sueño de los justos, porque pasaban meses y meses, incluso años, sin que las redes telefónicas llegaran a la colonia. Mientras tanto, los aparatos solo tenían fines decorativos o los usaba la gente fanfarrona que presumía tener teléfono en casa, aunque no tuviera servicio, lo que en no pocas ocasiones motivó situaciones chuscas.Hablando de las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, las familias que contaban con el servicio telefónico tenían, casi a la entrada de su casa, la mesita telefónica, que era decorativa y muy funcional. Estaba integrada a un asiento y cercana a la conexión del aparato, donde uno podía sentarse cómodamente mientras hablaba por teléfono.El repicar del teléfono se escuchaba por toda la casa y casi al primer timbrazo se oía el clásico “¡Yo contesto!”, porque los jóvenes esperaban las llamadas de amigos y pretendientes. Por eso, los papás tuvieron que establecer reglas claras sobre la duración y el horario de las llamadas, porque las conversaciones se eternizaban, como sucedía cuando se instalaron las cabinas telefónicas en las esquinas de las calles y se veían largas filas de personas esperando turno para hablar.Las oficinas y las casas comerciales del centro de la ciudad eran las afortunadas que podían tener servicio telefónico; en las colonias alejadas del centro era difícil contar con él.Nosotros vivimos muchos años en la Colonia Chapalita y pasó mucho tiempo antes de contar con el servicio telefónico porque, aunque mi abuelo y mi papá tenían teléfono en su despacho, en el edificio Lutecia, incluso de las dos compañías que eran Mexicana y Ericsson, no podía hacerse un cambio de domicilio a la casa porque no había redes disponibles. Ironías de la vida.Cuando uno contrataba el servicio, le ofrecían acciones de Teléfonos de México. Aquí, en EL INFORMADOR, en el aviso de ocasión se publicaban anuncios de personas que ofrecían en venta acciones de la compañía y de otras que las compraban.Los teléfonos tenían un disco giratorio con los números impresos en el fondo. El marcado era lento y tenía que hacerse correctamente: se introducía el dedo en el orificio correspondiente al número, se giraba el disco hasta que topara con un borde metálico y luego se dejaba regresar libremente. Así se hacía con cada número para que pudiera establecerse la conexión.Primero había que descolgar la bocina y luego se escuchaba el tono de marcación. Conforme iba girando el disco, se escuchaba el golpeteo de las muescas en cada uno de los números y, una vez completada la marcación, el tono era diferente y correspondía a los timbrazos que se escuchaban en el lugar al que llamábamos. Cuando el teléfono al que marcábamos estaba ocupado, se escuchaba un tono intermitente y había que colgar e intentarlo de nuevo más tarde, esperando que la otra persona concluyera su llamada.Se marcaba el 02 si queríamos hacer una llamada de larga distancia, pues antes no existía la clave LADA para llamar directamente a un número ubicado fuera de nuestra ciudad. Nos contestaba la operadora y nos enlazaba con el número al que queríamos llamar e incluso nos redirigía a información nacional. Marcábamos el 03 si queríamos saber la hora exacta y el 04 para solicitar información sobre números locales. Salvo que fuera un número privado o que tuviera alguna restricción para proporcionarlo, nos daban incluso el domicilio de la persona con la que estábamos intentando comunicarnos.El número 06 se marcaba para llamar a las radiopatrullas y el 09 para larga distancia internacional. Son los que recuerdo, aunque debo presumir que, en aquellos tiempos, me sabía de memoria los números frecuentes a los que llamaban mi papá o mi abuelo. Solo me decían con quién querían hablar y de inmediato los comunicaba. Lo cierto es que, con los celulares de hoy, ni siquiera podemos ejercitar la memoria: basta un comando de voz para hacer una llamada.Cada año, la compañía telefónica entregaba los nuevos directorios telefónicos, integrados por dos libros: la sección blanca, donde aparecían los números registrados por orden alfabético de los apellidos de los abonados, y la sección amarilla, especializada en comercios y actividades profesionales. En ambas aparecían los domicilios.De esta manera, sin llamar a información, si queríamos localizar a algún amigo o pariente, simplemente abríamos el directorio en la sección blanca y encontrábamos su nombre, domicilio y teléfonos registrados.Muchas personas contactaron a parientes en otras ciudades. Cuando llegaban de vacaciones o por negocios, lo primero que hacían era ver si había alguien que compartiera sus apellidos y se ponían en contacto con esa persona. Claro, había muchos homónimos, pero también de esta manera se reencontraron parientes y amigos, y se supo de familiares de cuya existencia apenas se tenía noticia o que, de plano, eran ilustres desconocidos hasta ese momento providencial.En la sección amarilla se anunciaban comercios, establecimientos y profesionistas, igualmente con el domicilio incluido y, a veces, con otros números telefónicos por si, al llamar, encontraban ocupado el primero y tenían más opciones de contacto.Antes de que se instalaran los teléfonos de alcancía en las esquinas, en muchas tienditas de abarrotes ofrecían el servicio telefónico a su clientela. Y como no faltaban los listillos, los abarroteros ponían candaditos a los discos del teléfono para que los clientes les pidieran hacer la marcación, porque muchos se pasaban de vivillos y decían: “¿Me presta su teléfono? Es llamada local”, pero resultaba que a veces se comunicaban al extranjero. Ya se imaginarán las elevadas cuentas que le llegaban al tendero por llamadas no autorizadas o por otras que dizque se hacían por cobrar.Cuando era pequeño, mis papás me metieron a trabajar durante unas vacaciones como ayudante en una tiendita. Entre mis labores estaban poner en orden las cajitas de madera de los refrescos, picar el hielo en las hieleras, entreverar los envases, vaciar las alcancías de corcholatas y darle una barridita a la banqueta. Pero había otra que me agradaba más: correr a la casa de una vecina para decirle que tenía una llamada en la tiendita. La recompensa era una monedita con la que podía comprar chicles Yucatán o depositarla en un puerquito de barro que usaba como alcancía y que rompía al final del año para comprar algún regalito de Navidad, costumbre hoy en día casi ausente en las familias. De esta manera, aunque la vecina no tuviera teléfono, el de la tiendita hacía las veces del suyo. Yo presumía con mis compañeros que, a pesar de mi corta edad, ya trabajaba.Las primeras casetas telefónicas que se instalaron en algunas calles ofrecían privacidad porque tenían puertas plegables que aislaban un poco el ruido exterior. La cabina contaba con un asiento pequeño, además del directorio telefónico, y recuerdo que tenía una libretita con una pluma para apuntar algún dato.Pero eso no era para nuestra idiosincrasia. Directorios, libretitas y plumas desaparecieron de inmediato. Incluso, los primitivos, los silvestres, los salvajes inciviles que nunca faltan se robaron los directorios, las plumas y las libretas, destruyeron los asientos, rompieron los vidrios de las cabinas y les pegaban a las alcancías que almacenaban las monedas de veinte centavos, que era el costo por tres minutos de llamada. Sacaban las monedas como si aquello fuera una maquinita de Las Vegas, y el resultado del vandalismo era un montón de teléfonos descompuestos.Me da tristeza este recuerdo, pero eso me tocó vivirlo y en no pocas ocasiones sentí gran frustración y coraje por no poder hacer uso de un servicio tan imprescindible. Pero bueno, vamos dando vuelta a la página.En la avenida Juárez, esquina con Donato Guerra, en el edificio de la telefónica, se ofrecía el servicio de larga distancia en unas casetas ubicadas en su interior, que tenían igualmente un banquito cómodo donde sentarse, así como la consabida libretita y un lápiz para anotar.Y aunque el lugar estaba lleno de personas, había quien se las ingeniaba para llevarse lápiz y libreta, con esa torpe y absurda filosofía de que “el que agandalla no batalla”, pensamiento que deberíamos cambiar desde nuestros hijos y nietos, enseñándoles a respetar las cosas que no son suyas, que pertenecen a otras personas, a la comunidad.Los teléfonos también nos permitían llamar a las estaciones de radio para pedir una canción, cantarla y dedicarla a la mamá o a la novia. Una de mis más grandes emociones fue cuando, precisamente, mi mamá me escuchó por la radio. Desde el teléfono de moneditas de la esquina de mi casa, cuando vivíamos por la calle Madero, me comuniqué al Canal 58 y le dediqué y canté a mi mamá la canción “Besos por teléfono”, de César Costa, que era su melodía favorita. Yo no cabía de la emoción cuando regresé a casa y vi a mi mamá con lágrimas de felicidad por haber escuchado a su hijo dedicarle una canción en la radio y mencionar su nombre. Ya les platicaré en otra oportunidad otras vivencias con eso de los teléfonos de antes.Y no puedo concluir mi columna de hoy sin agradecer a EL INFORMADOR y a la familia Álvarez del Castillo la hospitalidad que me han brindado al publicar cada ocho días esta columna de mis recuerdos. Gracias. Muchas gracias.Me congratulo por los 109 años de existencia de esta casa editorial y me siento orgulloso de pertenecer a ella. Y a ustedes, estimados lectores, les agradezco su tiempo de lectura y, ya saben, me despido disfrutando de un cafecito con mis infaltables bísquets con mantequilla y mermelada de fresa.Hasta el próximo domingo, aquí en EL INFORMADOR, si Dios nos presta vida y licencia.lcampirano@yahoo.com