Lunes, 23 de Marzo 2026

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Entre el talento y la ausencia de modelo

Por: Salvador Cosío Gaona

Entre el talento y la ausencia de modelo

Entre el talento y la ausencia de modelo

La recién desahogada edición 2026 del Clásico Mundial de Beisbol dejó una conclusión que México no puede ignorar: el béisbol internacional ya no se define por nombres, sino por modelos de construcción competitiva.

Ahí está la diferencia.

Y por eso mismo, lo ocurrido con la novena mexicana no puede leerse de otra manera que como un fracaso. No solo por la eliminación temprana, sino por el contraste inevitable con la edición anterior, donde México firmó una actuación histórica al quedarse con el tercer lugar y, además, conseguir su boleto a los Juegos Olímpicos. Hoy, se queda en fase de grupos y fuera de la Justa Olímpica. El retroceso no admite matices.

En tanto selecciones como Venezuela, Italia, Japón, República Dominicana y Estados Unidos consolidaron un sistema basado en integración, ejecución y manejo del juego, México volvió a exhibir una constante preocupante: talento sin estructura.

Venezuela , USA, Italia , Dominicana y Japón.

Y eso, en este nivel, no alcanza.

México no quedó fuera desde la fase de grupos por un accidente deportivo. Quedó fuera porque no logró competir como equipo.
Desde la conformación del roster se advertía un desbalance claro, particularmente en el pitcheo. En torneos cortos, donde cada juego exige control absoluto de los innings, no se puede competir sin profundidad real en el staff.

México apostó, pero no aseguró.

Y aunque logró triunfos ante equipos con menor jerarquía como Gran Bretaña y Brasil, la diferencia se notó frente a rivales que sí llegaron con planeación específica para este tipo de competencia.

Aquí es donde el análisis debe ir más a fondo.

No se trata solo de lo ocurrido en el terreno, sino de cómo se construyó el equipo. Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿fue falta de gestión, de planeación o ambas?

Porque el problema era visible desde antes de iniciar el torneo.

México llegaba con una base de pitcheo limitada: Javier Assad como único brazo con perfil sólido; Taijuan Walker, de buen nivel, pero sin ser dominante en este contexto; y Manny Barreda, con experiencia, aunque en otra etapa de su carrera.

Fuera de ahí, la estructura se debilitaba.

No había un staff suficiente para competir contra lineups como los de Estados Unidos o Italia. Y más aún: se sabía.

El bullpen careció de profundidad y de brazos capaces de sostener juegos cerrados. Hubo esfuerzos individuales, pero no un sistema capaz de resistir el desgaste de un torneo corto.

Ahí estuvo el quiebre.

Porque en este tipo de competencia, el pitcheo es la columna vertebral.

Y México no la tenía.

Defensivamente hubo momentos de solidez. Ofensivamente, el lineup tenía herramientas para competir y generar carreras, incluso sin todo el talento disponible de MLB.

Pero no fue suficiente.

México podía anotar, pero no sostener.

Y eso, en beisbol, es definitivo.

Más allá de cada juego, el punto central es otro: México no compitió como sistema. Y cuando eso ocurre, la responsabilidad deja de ser individual.

Es de planeación.

El manejo del cuerpo técnico dejó más dudas que certezas, no por una decisión aislada, sino por ajustes tardíos y un uso del pitcheo que en varios momentos resultó discutible.

No es un error aislado.

Es un patrón.

Y obliga a revisar el proceso.

La continuidad de Benjamín Gil se vuelve una discusión inevitable. No desde la reacción, sino desde la evaluación. Tiene experiencia, pero el resultado y la forma obligan a cuestionar si el modelo actual es suficiente.

Pero el análisis no puede quedarse en el dugout.

También alcanza a quienes construyen el roster.

Si el déficit de pitcheo era evidente, ¿por qué no se corrigió? ¿Faltó gestión, anticipación o estrategia?

No hay una sola respuesta, pero sí una certeza: el problema no fue inesperado… fue permitido.

Porque el entorno ya cambió.

Venezuela compite desde la integración. Estados Unidos desde la profundidad. Italia desde el orden, así como Dominicana y Japón desde sus múltiples fortalezas.

México sigue sin definir su modelo.

Y eso tiene consecuencias.

Quedar fuera del camino olímpico no es solo un mal resultado. Es la confirmación de un retroceso frente a selecciones que han entendido mejor la evolución del juego. Lo que antes fue un logro histórico, hoy se diluye ante una actuación muy por debajo de lo alcanzado.

El beisbol actual exige más que talento.

México tiene jugadores.

Lo que no tiene es un sistema que los convierta en equipo competitivo en estos torneos.

Y mientras esa ecuación no se resuelva, el resultado será el mismo.

Porque hoy, más que nunca, el beisbol internacional dejó una enseñanza clara: no gana el que más tiene.

Gana el que mejor está construido.

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