El año 2018 puede en el futuro volverse emblemático, por más que todavía no sepamos con claridad de qué.En ese año todo daba a entender que las cúpulas políticas del país habían optado por la circularidad de tres partidos: PAN, PRI y Morena, que en principio deberían gobernar por dos sexenios, pero la reaparición del PRI fue tan catastrófica, que nadie quiso saber de un sexenio más; esa fue la gran oportunidad de López Obrador, pues los estragos del PAN estaban demasiado cercanos como para darle otra oportunidad, ahora quedaba establecido un gobierno tripartidista, a más no poder, ya que en Estados Unidos es bipartidista, y ese era el modelo que muchos buscaban seguir.López Obrador tenía prisa por la edad y tenía prisa porque en seis años debía acreditar de tal manera a su partido que pudiera obtener un segundo periodo con algún otro flamante funcionario, así que desde el principio todo fue apresurado en tres cuestiones fundamentales: obras públicas, programas sociales y reformas legislativas que auguraran mayores posibilidades no de un segundo sexenio para su Morena, sino incluso una reedición del esquema de partido único que por setenta años dominó al país.Ninguna novedad si recordamos que tanto Andrés Manuel como muchos de sus cercanos colaboradores se habían educado en la vieja escuela del PRI, todo el tiempo, convencida de que México no es apto para la democracia, a pesar de lo que pensara Francisco Madero en su momento, y Salinas de Gortari en el suyo, uno y otro bajo la conducción norteamericana, si bien de distinta forma.De manera apresurada y visceral se clausuró el “estupendo” negocio mixto del aeropuerto de Texcoco, y con igual prisa se hizo el de Santa Lucía, a las carreras se desarrolló el Tren Maya, el transoceánico, y la refinería de muchas bocas, todos son proyectos buenos si nos situamos más allá de los detractores a sueldo, pero todos, excepto el aeropuerto, con malos resultados, como cabe esperar de las cosas que de prisa se piensan, de prisa se proyectan y de prisa se quieren hacer porque el sexenio tiene sólo seis años y el señor presidente quiere ver realizadas sus obras y cortar en persona los listones.Fallas frecuentes, descarrilamientos, incendios, daños ecológicos evitables, afectaciones pluviales y lo que se quiera decir cierto o falso, lo evidente es que las cosas hechas a la carrera no suelen salir bien, lo cual multiplica los costos y puede volverlos endémicos.No es el estilo de Morena, ha sido el estilo de todos los gobiernos, apostarle a las obras deslumbrantes de superficie, y olvidar aquellas que al no verse, por muy importantes que sean, se abandonan ¿no es ese justamente el caso del agua en Guadalajara? ¿Cuánto se gastó en remodelar una vez más el Centro Histórico? ¿No habría sido de mayor trascendencia renovar las redes de agua potable? Sí, pero eso no se ve, no es trabajo de superficie, hasta que toda la ciudad lo nota apenas abre una llave.Fiel a la idiosincrasia política mexicana de todos los tiempos, la señora Presidenta cree que su deber es atenuar, disimular o de plano negar los defectos del sexenio anterior, cuánto mayor crédito ganaría si con honestidad y objetividad aceptara las fallas de su antecesor y las mismas que han ocurrido en lo que va del actual sexenio. De verdad, hace mucho que dejamos de pensar que los presidentes son perfectos ¿Por qué siguen gastando tantas energías y recursos en seguirlo pareciendo?armando.gon@univa.mx