Viernes, 12 de Junio 2026

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El olor de promesas mojadas

Por: Héctor Romero González

El olor de promesas mojadas

El olor de promesas mojadas

El final de mayo en Guadalajara es lindo, a pesar de su calor. Es una época de pitayas y, también, occipitayas, para quienes frecuentamos cierta cantina ubicada en las Nueve Esquinas.

Pero lo mejor es cuando, desde el poniente, llegan nubes grises y, con ellas, el petricor tapatío. Ese olor derivado de la geosmina liberada por microorganismos y aceites vegetales cuando la lluvia golpea el suelo seco.

Esta fragancia nos llena de alivio, pues a ella ligamos la frescura y la esperanza para el campo y el lago de Chapala; pero también nos significa nostalgia, recordándonos cómo nuestros padres o abuelos la disfrutaban.

Me parece que la primera canción que aprendí fue “Guadalajara”, de Pepe Guízar, y precisamente porque de niño me provocaba gracia que una de las cualidades de nuestra ciudad fuera el “olor a tierra mojada”.

Lamentablemente, esta sensación ya no es igual; la ciudad ha cambiado. Antes el agua se infiltraba en el subsuelo y solo significaba el fin de las pitayas. Ahora, nos sirve de recuerdo de promesas incumplidas.

En asentamientos irregulares como Miramar se pierden patrimonios. López Mateos se transforma en estacionamiento de automóviles varados. Los árboles caen sobre colonias enteras y las dejan a oscuras. Y el andador de avenida Patria, que sobre el papel parecía envidiable, cruzando Los Colomos con su ciclovía, resulta ser un río verde con basura que se desborda con cualquier diluvio, dejando un terregal. Cada año nos volvemos a hacer la misma pregunta obvia: ¿a quién se le ocurrió tapar un río y ponerle una plaza encima?

Por eso nuestra ciudad es como una Oreo: siempre chopeada pensamos que es mejor, pero tan solo se moja y se desbarata.

Cada temporal de lluvias también llega con la misma cantaleta oficial: “todo es culpa de la administración anterior”, “ahora sí habrá obras”, “ahora sí habrá previsión”. Pero siempre resulta lo mismo; ni siquiera cambió este año, que la lluvia trajo consigo un Mundial de Futbol. La cáscara se juega en los mismos charcos.

Aunque no todo es culpa de las autoridades. Somos cada vez más una sociedad de inmediatez y desechos. Creemos que para nosotros debe ser de lo más sencillo deshacernos de la basura y, cuando no es así, pues podemos tirarla donde sea.

No sé si otras ciudades tengan una relación tan contradictoria con la lluvia como Guadalajara. Por un lado, es vida, pero por otro implica caos; nos recuerda todo lo que no hemos resuelto. En Guadalajara, el petricor es la promesa de una ciudad que aún no es. Por eso entiendo a quienes clavan sus cuchillos en la tierra.

hecromg@gmail.com

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