En la superficie, las cifras de febrero de este año de las finanzas públicas que publicó Hacienda parecen contar una historia de control y estabilidad. El déficit público se redujo un 37.5% en términos reales frente al año anterior, situándose en 70 mil millones de pesos. Lo que, dicho así, pareciera una muy buena noticia.Pero al darle un vistazo a los datos, lo que emerge es una realidad mucho más cruda: una administración que está "cuadrando la caja" a punta de machetazos en la inversión y los servicios básicos, mientras la nómina pública sigue engordando sin freno.El primer síntoma de fatiga se observa en los ingresos. Aunque el Gobierno presume crecimiento, la realidad es que los ingresos totales (1.42 billones de pesos) presentan el ritmo de crecimiento más bajo de los últimos cuatro años. Peor aún, no se alcanzó la meta programada, quedando 6.1 mil millones de pesos por debajo de lo esperado. El gran lastre sigue siendo el sector energético: los ingresos petroleros se desplomaron un 9.1% real y quedaron un preocupante 25.5% por debajo de la meta debido a la raquítica producción de Pemex.Es aquí donde queda al desnudo el autoengaño de la "soberanía energética". Un discurso que le está saliendo muy caro al gobierno federal el seguir manteniendo. Simplemente en febrero, Pemex aportó 37 mil millones de pesos a la Federación, pero el Gobierno le regresó 43.3 mil millones en transferencias. El resultado es una pérdida neta de 6 mil millones de pesos para el Estado; dinero de nuestros impuestos que no se puede gastar en lo que realmente nos urge a los mexicanos, como salud, seguridad o infraestructura. Ese dinero se quema en el barril sin fondo en el que se ha convertido Petróleos Mexicanos.Para compensar este boquete y maquillar el déficit, el Gobierno federal ha aplicado una guillotina implacable en rubros que hipotecan el futuro del país. El gasto en inversión física cayó un 44.9%, alcanzando niveles mínimos históricos similares a los de 2008. Hoy, de cada 100 pesos de inversión, la educación y la salud reciben apenas 5 pesos respectivamente, un olvido sistémico que condena la calidad de vida de las próximas décadas.El listado de metas incumplidas y recortes es alarmante. La Secretaría de Educación Pública (SEP) sufrió un recorte del 22.9% respecto al año pasado y ejerció un 33% menos de lo que tenía autorizado para el mes. No es el único sector en cuidados intensivos: el gasto en Energía cayó un 31.2%, el de Turismo un 62% y hasta la Defensa Nacional presentó un ajuste del 31% frente a su calendario.Este "ahorro" no es eficiencia, es parálisis operativa. El gasto neto total se quedó 13% por debajo de lo aprobado, lo que evidencia un preocupante subejercicio en secretarías clave. Sin embargo, la austeridad no llega a las oficinas de la burocracia: el gasto en servicios personales (nómina) aumentó un 17.8% y superó su meta por más de 13 puntos porcentuales.Lo que los números de febrero revelan es un gobierno que ha renunciado a la inversión como motor de crecimiento para priorizar el gasto corriente y el rescate de la petrolera que no camina. Al recortar en infraestructura y educación para mantener una nómina inflada, México no está ahorrando, está consumiendo su capital que permite el crecimiento económico a futuro.Si esta tendencia de metas fiscales incumplidas y desprecio por la inversión se mantiene, el balance público podrá verse "sano" en el papel, pero el país estará condenado a mantener sus niveles de crecimiento anémico que hemos tenido desde hace ya 7 años.Israel Macías López. Economista, Profesor en la Universidad Panamericana en Guadalajara.