¿Algún día Guadalajara saldrá del tequila y el mariachi como signos de identidad? Me temo que no, que a estas alturas del partido resulta tan difícil como desplazar a la Torre Eiffel de su lugar de símbolo de identidad de París. Si, París es mucho más que esa torre magnífica que algunos parisinos siguen detestando más de cien años después de construida (iba a ser una torre hermosa, pero solo les alcanzó para los andamios, decía el humorista catalán Jaume Perich). A propósito del pedacito de mundial que nos toca, cuatro partidos en 15 días, las autoridades están vueltas locas como si de verdad esos días cambiaran el rumbo del Estado y de la ciudad. Hablan de tres millones de turistas a lo largo de la Copa del Mundo. No me lo imagino. Sospecho que quien hizo los cálculos es el mismo que estima el número de personas en la Romería de la Virgen de Zapopan y en la Santa Cena de la Luz del Mundo, números convenientemente acordados con la certeza de que nadie los va a rebatir.Pero una cosa es usar el tequila y el mariachi como símbolos de atracción turística y otra muy distinta es pensar que el agave es una planta de ornato, como la pusieron en la Minerva. Convertir la glorieta en lugar de destino, es decir, construir cruces peatonales para que la gente se tome selfies como si se tratara de la Fontana de Trevi es discutible; “adornarla” de agaves sí es una pésima idea.El agave, lo escribí hace algunos años cuando implementaron esta genial idea en una glorieta del aeropuerto y en los camellones cercanos a la sede del Consejo Regulador del Tequila (CRT), es la más triste y falta de gracia de todas las plantas agaváceas (las hay verdaderamente hermosas y espectaculares, como los salmiana, o los llamados americanos, que son enormes y vistosos). Y si ya de plano se van a entercar en que esa es nuestra identidad hubieran sembrado plantas maduras, aprovechando lo barato que están ahora en el mercado, y no unas plantitas que quizá dentro de seis años se vean completas. El paisaje agavero es bello en el campo, de lejos, cuando las decenas de hectáreas sembradas uniformemente le dan al paisaje un tono azulado único, no en una glorieta.Guadalajara es hoy mucho más que charros y tequila. No es ni de lejos la ciudad provinciana del Mundial de 1970, ni la metrópoli adolescente de la Copa de 1986, es ya una ciudad consolidada, abierta al mundo, llena de contradicciones y violencias, y también con una diversidad que la hace junto con Ciudad de México y Tijuana uno de los polos de producción cultural más interesantes de América Latina. En la inauguración de las Olimpiadas París no negó la Torre Eiffel, pero nos mostró su nuevo rostro, dinámico y pluricultural (realmente lo odioso de las comparaciones es el resultado de ellas, no la comparación en sí misma, ya lo sé, pero ni modo).¿De verdad no se nos ocurre nada mejor que sembrar agaves? No son las doscientas o trescientas plantas que se pueden cambiar mañana, los agaves de la Minerva representan el trabajo que nos cuesta como tapatíos salir del lugar común.