Jacob DeGrom acaba de alcanzar los 2 mil ponches en Grandes Ligas y lo hizo como ha construido prácticamente toda su carrera: dominando. No estamos hablando de cualquier lanzador. El derecho que brilló durante años con los Mets, fue Novato del Año y posteriormente conquistó dos premios Cy Young, ha sido uno de los pitchers más difíciles de enfrentar de su generación. Hoy, ya con los Rangers de Texas y a los 38 años, continúa demostrando que cuando su brazo estás sano puede dominar a cualquiera. Las lesiones le quitaron entradas, aperturas, temporadas completas y probablemente números todavía más espectaculares. Sin ellas, quizá hoy estaríamos hablando de estadísticas reservadas para muy pocos en la historia del béisbol. Pero ni el tiempo ni los problemas físicos han conseguido quitarle lo esencial: la capacidad de subir al montículo, imponer condiciones y sacar outs. Y sí, 2 mil ponches son un montón; una cifra enorme. Pero incluso más importante que acumularlos es cuándo llegan. Porque el verdadero valor del ponche no siempre está en la estadística, sino en la oportunidad. Ponchar con dos outs y bases limpias suma al récord personal; hacerlo con corredores en posición de anotar, con la carrera del empate o de la ventaja amenazando, puede ganar un juego. Y en postemporada, donde cada lanzamiento pesa mucho más, ese ponche oportuno puede cambiar una serie completa. DeGrom sirve así para recordar una verdad que cobra todavía mayor importancia conforme se acerca octubre: los campeonatos suelen comenzar desde el montículo. Claro que para ganar se requieren muchas cosas: bateo oportuno, porque las oportunidades suelen ser pocas; una defensa sólida que cometa los menos errores posibles; correr bien las bases, ejecutar, avanzar corredores y contar con un bullpen capaz de conservar las ventajas. Todo eso importa, pero nada de eso resulta suficiente si no existe buen pitcheo. Y buen pitcheo no significa necesariamente lanzar nueve entradas sin permitir hit ni vivir buscando juegos perfectos. Significa cumplir con la esencia misma del trabajo de un lanzador: obtener outs, uno detrás de otro, con temple, inteligencia, dominio y, cuando la situación lo exige, con ponches. El ponche sigue siendo el out más limpio del béisbol. No depende de una gran jugada defensiva, impide que una pelota encuentre un hueco y reduce considerablemente las posibilidades de que un corredor avance. Pero nuevamente: no todos los ponches pesan igual. El que termina una entrada con hombres en base, el que contiene una amenaza o el que preserva una ventaja mínima vale mucho más que otro conseguido cuando el partido ya está resuelto. Ahí está una de las grandes diferencias de octubre. No siempre gana el equipo que conecta más imparables ni el que tuvo mejores números durante seis meses. Muchas veces gana el que aprovecha mejor los pequeños momentos. Un lanzamiento mal colocado puede transformar una serie; un relevo equivocado puede echar por la borda siete entradas extraordinarias; un error defensivo puede abrir una puerta que después nadie consigue cerrar, y un sencillo con hombres en posición de anotar puede valer más que tres cuadrangulares conectados cuando ya no había nada en juego. Por eso el bateo oportuno resulta indispensable. Pero incluso para que ese batazo pueda decidir el cotejo, alguien tuvo que mantener el marcador al alcance. Ahí aparece nuevamente el pitcher. DeGrom llegó a sus 2 mil chocolates recordándonos precisamente eso: su grandeza no se explica solamente por la velocidad de su recta o la calidad de sus lanzamientos secundarios, sino por su capacidad para conseguir el out que necesita cuando más lo necesita. Y ésa será también la gran diferencia cuando llegue octubre. Los equipos podrán tener alineaciones llenas de estrellas, nóminas multimillonarias y bateadores capaces de mandar la pelota a las tribunas en cualquier momento, pero si no cuentan con brazos capaces de contener al adversario, difícilmente podrán sobrevivir cuatro rondas de postemporada. Octubre necesita bateo oportuno, buena defensa, cometer los menos errores posibles, inteligencia y temple. Pero, por encima de todo, necesita pitcheo. Porque cada juego comienza con una misión elemental que jamás cambia: conseguir 27 outs antes que el rival consiga las carreras suficientes. Y de esos 27, algunos valdrán mucho más que otros. Jacob deGrom acaba de llegar a 2 mil ponches —que ya es decir muchísimo—, pero quizá la mejor enseñanza no esté en la cantidad, sino en la oportunidad: el gran pitcher no sólo consigue outs; consigue el out que el juego exige. Y en octubre, ése puede ser el que vale un campeonato. @salvadorcosio1Bambinazos61@gmail.com