A estas alturas del partido, a apenas ocho años de haber tomado el poder, nadie puede decir que los Gobiernos de Morena sean menos corruptos que los del PRI o el PAN. El desvío de recursos en Segalmex y el fraude al fisco conocido como huachicol fiscal son mayores a la llamada Estafa Maestra del sexenio de Peña Nieto y a los abusos cometidos por empresarios durante el Fobaproa, que no fueron poca cosa.Los políticos de Morena han resultado tan afectos al dinero y el poder como los de cualquier otro partido. No son iguales a los otros, son idénticos, porque el poder afecta igual a todas las personas y porque un buen número de ellos vienen de otros partidos.Si, como pregona la Presidenta desde una tan falsa como pretendida superioridad moral, los de derecha son hipócritas, un buen número de los morenistas o son de derecha, solo son hipócritas o ambas cosas. El espectro ideológico no es garantía de nada, da igual si se apellida García Luna y trabajaba para un Gobierno panista o Farías Laguna y lo hacía para el de López Obrador. Si Calderón y Peña Nieto se enteraban de todos los negocios sucios, según el credo del “Peje”, López Obrador y Sheinbaum también, aunque a la Presidenta le encanta decir que nunca se entera de nada hasta que pasa.La diferencia entre los Gobiernos anteriores y los de Morena es la falta de oposición. Primero fue porque los partidos tradicionales quedaron completamente desacreditados tras dos décadas de corruptelas y acuerdos poco transparentes, después, porque, aunado al descrédito de los partidos Morena desmontó todo el sistema de equilibrios democráticos construidos a lo largo de décadas.Hoy no hay quien recoja la pérdida de capital político del partido en el poder porque ellos mismos se encargaron de romper la red, de serruchar la escalera por la que llegaron al poder.Las triquiñuelas legales para evitar que Grecia Quiroz sea candidata en Michoacán o Luis Donaldo Colosio Riojas en Sonora; la persecución al grupo político de Alejandro “Alito” Moreno en Campeche, que es más política que jurídica, justo antes de las elecciones; el control total de los órganos electorales, particularmente el INE y el máximo tribunal, y el uso electoral de los programas sociales generan una competencia en condiciones de absoluta desigualdad. Pero del otro lado hay poco o nada. Los partidos de oposición han sido incapaces de generar un discurso que vaya más allá del insulto o la crítica facilona y, sobre todo, no tienen capacidad de movilización social. Desde la defensa del INE, la llamada “marea rosa” hace cuatro años, no ha existido una movilización social que ponga en riesgo o al menos preocupe al poder omnímodo de Morena. ¿Hay alguien ahí? Llegará, tarde o temprano, pero hoy por hoy la respuesta, como en los cuentos de terror, es un absoluto silencio.