La disrupción es el método cotidiano del actual presidente de Estados Unidos, que trae un profundo resentimiento que lo lleva a actuar en contra de toda organización del tamaño que sea, así se trate de la ONU, la OMS, la UNESCO, la OTAN y, por supuesto, la OEA.No es que la OEA haya jamás servido para algo; al fin y al cabo, no ha sido otra cosa que un club social para políticos exportados y soñadores, financiado todo el tiempo por Norteamérica y, en consecuencia, siempre atenta a seguir sus instrucciones; pero de eso a ningunearla públicamente por un simple acto de omisión, hay mucha distancia. El presidente del vecino país actúa como una enfermedad autoinmune, pues ataca a sus propios organismos, creando una psicosis mundial.Y mientras el premio “FOFO” de la Paz 2025 se dedicaba a bombardear Irán, reunía en otro espacio a líderes de América Latina en una especie de nueva OEA, pero de los estados alineados por la derecha; aún más, por su propia y personal visión de lo que debe ser la derecha. No es sorpresa este tipo de iniciativas en este tipo de presidente; la verdadera sorpresa, reveladora de la profunda idiosincrasia latinoamericana, es que los líderes invitados, a sabiendas de la exclusión que sufrían los demás, hubiesen aceptado participar y no hubiesen tenido la dignidad y la lealtad necesarias para decirle a su patrón: o vamos todos o no va nadie. Es en situaciones como ésta donde se revela que todo cuanto se haya dicho y afirmado acerca de la unidad de los países latinoamericanos, su inquebrantable hermandad, su comunión de lengua y cultura, su origen y destino común, la solidaridad latina y demás utopías no son más que eso: vanas ilusiones quebrantadas por los juegos del hambre, de la carencialidad, de ese atavismo de sumisión y lambisconería con el prepotente. Ojalá haya quien registre para la historia de las ignominias latinoamericanas los nombres de los políticos asistentes y su escasa o nula honorabilidad.En esa misma lista habría que anotar a los países árabes que casi desde sus orígenes se han dedicado a traicionarse unos a otros todo el tiempo, incapaces de superar su corta visión tribal, y que han sufrido recientementelas consecuencias inmediatas de su permanente división; por lo mismo, los organismos árabes tampoco fueron invitados al convenio Estados Unidos–Israel, en contra de Irán, Líbano y lo que se junte, si bien cooperaron con la causa, desde el momento en que sus países dan cabida a bases norteamericanas, para que así este país los pueda aniquilar sin mayor esfuerzo.De esta suerte, el premio de la paz, versión desechable, sacudió a Europa, al Medio Oriente y a Latinoamérica en apenas un año de Gobierno. ¿Sigue Rusia y China? O mejor, ¿siempre estas dos potencias han estado en la mira final de sus carambolas?Una de las razones más comúnmente utilizadas por el referido presidente para justificar sus acciones ha sido el sobado tema de la “seguridad nacional”, un asunto tan increíblemente endeble que cualquier cosa que ocurra, así sea justo al otro lado del planeta, le afecta y pone en riesgo el envidiable estilo de vida de su país. Para garantizar a los estadounidenses esa paranoica seguridad, quiere Groenlandia, América Latina, Europa y el resto del planeta, algo que nos lleva a pensar que, en este momento, el verdadero peligro para la seguridad de todo el mundo es justamente el presidente Trump.