Les platicaba la semana pasada de cómo yo había salado, desgraciadamente, a muchas cantinas, cuando hablé de ellas hace muchos años. Pero, culpable o no, son buena fuente de recuerdos y no sólo las de la ciudad, sino otras. Por ejemplo, me acuerdo con particular encanto de la huerta de Toño Barocio en la amada república de La Barca, a donde nos llevó un profesional, que era una gran persona, Ramón Mendoza L. Silva, que entonces era nuestro jefe en un banco e íbamos a hacer diligencias a ese pueblo y donde don Toño, que había sido jefe de Policía, tenía una huerta llena de verduras y frutas. Como quería mucho a Ramón, lo dejaba llevar el licor y cacerolas de barro para hacer unas bebidas mezcladas para las que Toño proporcionaba frutas y después se hizo un negocio formal, pero que empezó tal y como se los platico, y era un sitio maravilloso porque cuando se nos pasaban las cucharadas, nos conseguía chofer que nos trajera y llegábamos a las casas con medio coche lleno de colinabos y demás verduras.También en La Barca había una cantina única, que yo recuerde, que era mixta, esto es, podían asistir damas, cosa desusada en aquel tiempo, porque el único que estaba en un sitio cerrado era el cantinero, todos los demás consumidores estábamos en la banqueta, entonces por eso era mixto.Y había rutas verdaderamente interesantes, de manera natural, como era venir por la carretera vieja desde Encarnación de Díaz hasta Guadalajara, donde cada 42 kilómetros había una cantina, lo que permitía venir repostando y no recuerdo si el que manejaba también repostaba pero debe haber sido bastante imprudente esa actuación, aunque ya el último tramo llegabas por Puente Grande a la Perla Tapatía. Y en realidad me ha hecho pensar cómo las nuevas carreteras han estropeado muchas de esas costumbres, porque ahora te suben a la carretera y te bajas a la hora que llegas; pero era muy agradable ir viendo muchas particularidades de los pueblos naturales, nada de Pueblos Mágicos ni nada del estilo, pero que la modernidad cambió.En Guadalajara había cantinas maravillosas. De mi personal gusto, el templo mayor era Cue, en la calle Colón y era tan memorable que muchos años después de que hubiera cerrado ese centro, yo cada que paso por donde estaba instalado, me hinco de doble rodilla y hago genuflexión a fondo.Era particular porque la primera gasolinera que hubo con bomba en Guadalajara estaba afuera, en la banqueta y Cue estaba regenteado por Nicho y Antonio con ese apellido, y no daban mucha botana como en otras, pero daban cacahuates con cáscara, cebollitas en vinagre y había adentro un tipo que vendía carnitas. Decían que la cerveza era especial porque tenía doble serpentina y una vez sacaron a un notable abogado, ya fallecido, cargado por parroquianos para su coche y todos pensaban que le había dado un ataque y no, simplemente estaba borracho, con una melopea de quinto grado en la escala de Richards.@enrigue_zuloaga