Cada vez que Vanessa y su hija abren la regadera terminan con irritación de ojos, estornudos y resequedad en la piel.“Hay veces que ya no hallas qué hacer”, confiesa Vanessa.Bañarse en el fraccionamiento Las Terrazas, en Tlaquepaque, es un martirio.El agua del Siapa que llega a sus tuberías le quema la garganta y la obliga a bañarse con la puerta abierta para soportar el regaderazo.“En los ojos parece que te echaron cloro”, explica Vanessa. Este problema ha mutado. Durante los últimos tres años, cuenta, lidiaron con un agua que generaba costras de sarro y teñía de verde las pilas en cuestión de horas.El efecto de esta agua, al parecer excesivamente clorada, es que al lavar cualquier prenda blanca, termina amarillenta.Por si esto fuera poco, hace cinco meses el problema escaló. La “novedad” es que el agua empezó a despedir un olor fétido.“Últimamente, ahora la novedad, es que huele como a huevo podrido, mejoró el olor del cloro, algunos días huele mucho a cloro, y otros ya no, pero ahora huele a huevo podrido, literal, como si fuera agua estancada”.Lavar las cobijas es una batalla perdida: ni litros de suavizante ocultan el tufo que se queda pegado en sábanas y prendas de vestir. Los vecinos, en busca de soluciones, han pagado hasta 20 mil pesos por filtros que la mayoría, como Vanessa, simplemente no puede pagar.“Yo creí que era un tema de mi casa, pero mis vecinos se empezaron a quejar de lo mismo”.Este es sólo un testimonio. Las quejas y denuncias en redes sociales son abundantes.Mientras el Siapa se escuda en que solo el 9.6% de las colonias tiene problemas, en Las Terrazas -un complejo de casi 4 mil casas- nadie ha visto a un solo técnico del organismo acudir a revisar la calidad del líquido.Vanessa pagó 500 pesos en su último recibo. “Da coraje, pero no hay de otra”, dice. El coraje de Vanessa es el de miles de usuarios que reciben agua turbia o, peor aún, ni siquiera cuentan con el servicio.El recibo llega puntual; la solución, después de tres años, sigue estancada.