Martes, 21 de Enero 2020
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Thesaurus Linguae Latinae

Por: María Palomar

Thesaurus Linguae Latinae

Thesaurus Linguae Latinae

En la década de 1890, el erudito alemán Eduard Wölfflin (+1908) se lanzó a una empresa titánica: escribir el diccionario definitivo de la lengua latina tomando en cuenta desde las primeras inscripciones encontradas (que se remontan al año 600 aC, aproximadamente) hasta la época de San Isidoro de Sevilla (+ 636), el gran erudito que fue, según Montalembert, “el último maestro del mundo antiguo” y autor, entre otras obras, de la monumental Etymologiae, que es una enciclopedia de veinte tomos donde reunió el saber acumulado hasta su época.

El latinista Wölfflin y sus colaboradores creían que su Thesaurus Linguae Latinae sería completado en unos quince o veinte años. Craso error: los trabajos continúan hasta el presente, y con cierto optimismo se considera que quizá terminarán para el año 2050. Mientras tanto, en los 125 años desde su origen, cayeron varios imperios, hubo dos guerras mundiales, Alemania se dividió y luego se reunificó... y apenas van en la letra R, y no por falta de esfuerzos.

La mayor parte de los diccionarios se concentran en los significados más importantes o más recientes de las palabras, pero éste busca mostrar cada una de las formas en que alguna vez hayan sido usadas. Wölfflin decía que las entradas del tesauro no eran definiciones, sino “biografías” de las palabras.

El poeta y clasicista inglés A.E. Housman (+1936) alguna vez evocó “las cuadrillas de galeotes que trabajan en el diccionario en la ergástula de Munich”. Afortunadamente, hoy en día el Thesaurus está albergado en dos pisos soleados y ventilados de un antiguo palacio. Hay dieciséis empleados de planta y muchos lexicógrafos visitantes de distintas partes del mundo. La biblioteca incluye ediciones de todos los textos latinos que han llegado hasta nuestros días, así como cerca de diez millones de fichas de papel amarillento organizadas en cajas que llegan hasta el techo. Esas fichas son la médula del proyecto: hay una por cada escrito del mundo clásico; las palabras están ordenadas cronológicamente y se dan en contexto: provienen de poemas, prosa, tratados científicos, recetas, chistes groseros, graffiti, inscripciones y cualquier otro texto que haya podido salvarse de dos mil años de vicisitudes.

El latín fue alguna vez la lengua de un enorme imperio, y luego el de la Iglesia universal; dado que a lo largo de más de mil años era el principal idioma literario de Europa, constituye “la clave para una parte considerable de la historia humana”, según Michael Hillen, el director actual del proyecto.

“Hay que conocer toda clase de textos: el derecho romano y la medicina, la poesía, la prosa y la historia”, dice Marijke Ottink, una de los editores del T.L.L. Ella lleva una década trabajando intermitentemente en la palabra res (“cosa”). Los investigadores visitantes suelen acudir para analizar determinadas palabras: en el libro de visitantes está, por ejemplo, el nombre de Joseph Ratzinger, más conocido como Benedicto XVI, quien consultó las cajas del término populus (“masas”, “pueblo”).

Pero quedan todavía en el horizonte tareas tan abrumadoras como completar la palabra non (“no”), que tiene más de cincuenta mil fichas, o la conjunción y adverbio ut, complicadísima palabra y un desafío semejante al trabajo de Sísifo...

Ver: https://www.nytimes.com/2019/11/30/arts/latin-dictionary.html?action=click&module=Top%20Stories&pgtype=Homepage

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