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Jueves, 17 de Enero 2019

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Siempre el agua

Por: Elizabeth Friedewold

Siempre el agua

Siempre el agua

Nuestra casa se encontraba en la loma más alta de las siete que conformaban nuestra pequeña finca cacaotera en Tabasco y un arroyito al pie de ellas cubría la mayoría de nuestras necesidades de agua.

Varias veces al día bajábamos al arroyito: al atardece ahí tomábamos el baño familiar cotidiano, lavábamos la ropa, la loza, las ollas de la comida. De niñas para nosotras era maravilloso, jugábamos durante el baño y las otras actividades. Utilizábamos vasos, tazas y ollas para atrapar los pececitos que abundaban y que, buscando comida, nos mordían  suavemente las piernas.

En aquel entonces no entendíamos por qué no nos podíamos quedar con ellos, nuestros padres insistían que los regresáramos al agua. También aprovechábamos el arroyo para refrescarnos, y seguir jugando durante las horas de calor al mediodía.

Lo que no disfrutábamos tanto era subir agua a la casa, cargando las cubetas de 10 litros cuesta arriba para llenar el tambo de 50 litros, generalmente vacío a menos de que lloviera.

Durante el invierno vivíamos los Nortes, cuatro o cinco días de lloviznas y aguaceros. Además había tormentas con rayos y truenos. Lo que inspiraba temor era que se anunciaban cubriendo el cielo hacia el Norte con inmensas nubes negras  que avanzaban velozmente. Además se oía cómo caía la lluvia en la selva y al escucharla sabíamos que teníamos unos diez minutos para recoger  el cacao que se estaba secando al Sol en mantas y repartirlas en los diferentes cuartos de la casa.
Con los Nortes descansábamos del calor y como era imposible salir, la vida familiar se hacía más íntima, más acogedora. Sentíamos una gran seguridad escuchando el canto del agua que caía del cielo sobre las tejas del techo y nosotras protegidas por nuestros padres dentro de esas paredes construidas con bambú. Aún hoy gozo de esa sensación de seguridad en mi hogar en Guadalajara cuando llueve.

Caminando unos quince minutos por una carretera llegábamos al río Teapa. Lo cruzaba un puente para el ferrocarril que pasaba una vez al día y para los pocos vehículos que circulaban en aquel entonces por aquellos caminos, entre ellos los camiones de pasajeros que unían la capital Villahermosa con la población de Teapa, haciendo paradas en los ranchos por los que pasaban.

Río Teapa

Durante los Nortes llegaba a suceder que alguno de los pequeños ríos, que cruzaban la carretera, se convertía en caudalosas avenidas de agua y se llevaban  los puentes de madera. Los camiones se paraban, el chofer y los pasajeros se bajaban, esperaban a que todo volviera a la normalidad, se cortaban árboles que se colocaban sobre el río, primero cruzábamos los pasajeros -con algo de miedo- y luego el chofer lentamente maniobraba al camión sobre ese frágil puente con una destreza extraordinaria.

El último tramo de la carretera estaba bordeado a ambos lados por las casitas de la SCOP (Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas) y justo donde empezaba el puente se encontraba la tiendita de abarrotes de Don José, lugar donde todos los días se entregaba el correo para la región. Desde ahí se disfrutaba una amplia vista sobre el río Teapa. Hacia la derecha fluía tranquilo, era hondo y tomaba su profundo color verde de los árboles que cubrían las laderas de los cerros hasta sus márgenes. Despertaba el imposible deseo de nadar en él sin cansarse jamás. Al centro, alrededor del puente se volvía revoltoso, brincaba sobre cantos rodados y no se podía cruzarlo sin ser arrastrados. Más abajo, lento una vez más, se encontraba el vado donde abordábamos los cayucos, botes labrados en el tronco de un gran árbol, para llegar al otro lado.

Llegué a Guadalajara un mes de marzo hace muchos años y no podía creer que no lloviera, los cerros secos, sin vegetación verde, no había ríos o arroyitos a la vista. La adaptación fue difícil hasta que llegó la época de lluvias. A través del tiempo he aprendido a amar la época de secas, los diferentes tonos de café, beige, marrón de los montes y los cambios milagrosos de las primeras lluvias.

Y siempre es el AGUA.

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