Domingo, 23 de Enero 2022

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Salvación por la cocina en pandemia

Por: Jonathan Lomelí

Salvación por la cocina en pandemia

Salvación por la cocina en pandemia

La pandemia me quitó, como a todos, tantas cosas. Pero a mí, en cambio, también me regaló una: la cocina. 

Es difícil de explicar. Se parece más a una religión. Una religión más antigua que el dios de Abraham o que la iluminación del primer Buda. No es extraño que la mujer, un ser más esencial que el hombre, tenga como refugio milenario a la cocina. ¿De qué otra manera podrían encararse, con tanta dignidad, más de dos mil años de civilización patriarcal? La mujer da vida y cocina. Es un cliché, lo sé. El hombre mata y es condecorado. Es otro cliché, también. Pero hay una dosis de verdad. El poder creador contra la creación de poder son dos caminos opuestos. Uno conduce al honor y al prestigio, el otro a la cocina, al horno y a la vida. 

Mi llegada a la cocina fue involuntaria. Cuando se acabó el mundo de afuera, sólo quedaron las largas horas de encierro. Creía que mi mayor placer era explorar un restaurante nuevo cada fin de semana. No era así: sólo era mi mayor gasto. Cerradas todas las cortinas, no quedaban puertas por abrir. Salvo la alacena. Y en el comienzo de todo, la alacena no tenía ninguna forma; todo era oscuridad y latas de sardinas, y el hambre removía mi panza. 

Entonces dije: «Vamos al súper». 

Tomé las llaves y subí al carro; bajé del carro, me regresé por mi cubrebocas y volví al auto; lo encendí, conecté el teléfono al blutú y llamé al único ministerio en la materia que conozco. Me contestó su sacerdotisa principal: mi señora madre.   

Aquel fin de semana comenzó todo. Las videollamadas instructivas se hicieron hábito como una misa dominical. Empecé con lo que bauticé como ceviche zapopano de atún (una reinterpretación local del ceviche peruano, pero en Zapopan). Aprendí a cocer arroz. El aroma del arroz recién tostado en el aceite de oliva hirviendo podría reducir las tasas de depresión y suicidio en cualquier país. También la sal rosada del Himalaya, el ajonjolí, las plumas minúsculas del tomillo al caer sobre la cebolla desmayada, el sonido aromático de los dientes de ajo tronados contra la tabla de madera. 

Cuando cocino, los perdono a todos. 

Cada uno busca los caminos para acercarse a su fe. En mi caso, primero hago una consulta con la sacerdotisa principal, luego veo dos, tres, diez videos en YouTube sobre la misma receta, y hago al final lo que me da mi regalada gana. Un huachinango empapelado relleno de camarón con pulpo, chile guajillo y tomatillo. Una mariscada para infartar a cualquier alérgico, croquetas chamuscadas de atún (también hay episodios desafortunados), pastas tan disfrutables desde el nombre italiano (tagliatelle, fusilli, macaroni), carne en todas sus facetas, y una vez caldo de pescado con langostinos del cual no quiero acordarme.  

Mañana cocinaré un mole de olla estilo Hidalgo. Por eso digo que la vida tiene una salida de emergencia. Y esta pandemia también. Seguro cada lector ha encontrado la suya. La mía está en alguna parte de la cocina. 

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