El ruido, de acuerdo con las teorías clásicas de la comunicación, es lo contrario a la información. De hecho, es al revés, la información se define como la entropía negativa. Por naturaleza, decían los clásicos, todo sistema tiende a la entropía, al ruido, y cuando logramos controlarlo entonces eso que nació como ruido podemos convertirlo en información, información útil para entender y controlar el sistema.El combate de los ayuntamientos contra el ruido no es solo una necesidad para todos aquellos que, cayendo la noche, esperamos dormir. Los tapatíos vemos el no ruido como una aspiración y no como un derecho, como algo a lo que creemos tenemos derecho por ser lo que somos. El ruido y el caos son parientes muy cercanos, y ambos contrarios a la paz.Los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan emprendieron una campaña más en contra del ruido. Qué bueno, pero no es suficiente. El ruido va a bajar cuando entendamos que nadie puede molestar al vecino, que hacer ruido no es lo normal, no es un derecho, por el contrario, el derecho es a vivir sin ruido, independientemente de quien lo haga, el cura, el ministro, el DJ del bar, el mariachi del restaurante o el vecino alocado.Los restauranteros, dueños de bares y comercios argumentan que el ruido es necesario, que la economía funciona a partir de la capacidad de un negocio de atraer clientes, y el ruido es indispensable para ello. Nada más falso: el ruido funciona para hacer que dirijamos nuestra mirada hacia un punto concreto, pero eso no nos hace en automático consumidores. Y aunque así fuera, los vecinos tienen un derecho superior al del comerciante y es derecho a la paz pública.Lo hemos puesto sobre la mesa y hay que repetirlo: todo derecho termina donde comienza el derecho del otro. Dicho de otra manera, todo mundo tiene derecho a subir al volumen hasta donde quiera, mientras no salga de los límites de su propiedad y moleste a otros. Como el ruido son ondas sonoras que viajan más allá de nuestro control, contener el ruido implica necesariamente invertir en sistemas de aislamiento, lo que repercute en el costo de inversión necesario para iniciar un negocio. ¿Quién terminará pagando la inversión de los empresarios para que el ruido no salga? Nosotros mismos en el precio del trago o de los alimentos que consumamos. Pero ni modo, se trata de vivir en paz y con la certeza de que nadie nos molestará, y eso cuesta. Lo que no es justo es que personas que nada tienen que ver con la diversión terminen pagando con horas de sueño el ahorro de otros.Bien por los ayuntamientos, pero esto no es ni puede ser un asunto temporal ni para salir en la foto; es un derecho de todos los ciudadanos a escuchar lo que queremos y no lo que decide el vecino, sea quien sea.(diego.petersen@informador.com.mx)