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Domingo, 18 de Agosto 2019
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Racismo y ceguera

Por: Diego Petersen

Racismo y ceguera

Racismo y ceguera

¿Hay racismo en México? Valgan dos estampas recientes: El primo se casa. La boda será en cabo San Lucas, un lugar que los padres, el del novio y el de las primas, una familia numerosa y matriarcal, construyeron literalmente con sus propias manos como trabajadores de la construcción. Ellas regresaron al pueblo de origen de su madre. El primo se quedó: allá creció, estudió, se desarrolló profesionalmente y se casó. La fiesta fue en el salón de un hotel de playa, como tantos otros. Cuando las primas llegaron a la fiesta no solo les pidieron el boleto de invitación y su nombre para ubicar la mesa, como al resto de los invitados, les exigieron una identificación para corroborar que eran quienes decían ser, pues, a criterio del guardia del hotel, su fenotipo no estaba a la altura de la boda. Tuvo que salir el novio y amenazar al guardia con romperle la cara si seguía molestando a sus invitados para que el asunto se solucionara.

Exposición de arte en una de las galerías más importantes de la Ciudad de México. Era una exposición colectiva, varios artistas y precios altos. Circularon invitaciones por vía electrónica, el papel no solo pasó de moda, es mal visto recurrir a esta práctica antiecológica en estos tiempos. Era uno de esos eventos “abiertos al público”, pero con la leyenda de la discriminación en letras pequeñas: Nos reservamos el derecho de admisión. Un hombre bajito de piel morena se presentó a la exposición. Iba solo; iba feliz. Al llegar a la puesta, el guardia, displicente, lo detuvo. “Usted no puede entrar”. El oaxaqueño le explicó que él no era un invitado más, era uno de los artistas que exponían, que la suya era la pieza del patio central. “Le creo joven -dijo el guardia- pero si yo dejo entrar a alguien como usted, me corren”.

Todos somos iguales ante la ley, pero no ante quienes tienen la obligación de aplicarla

No se requiere inventar nuevas palabras, hablar de pigmentocracia para definir un fenómeno que tiene nombre: es racismo, punto, y México es, tristemente, un país profundamente racista. Nuestra habla está llena de expresiones racistas; nuestra vida cotidiana está llena de situaciones de exclusión. Lo más grave es que se da tanto en la vida pública como en la privada. Hay discriminación por motivos raciales en las instituciones oficiales, no se atiende igual a unos y a otros. Todos somos iguales ante la ley, pero no ante quienes tienen la obligación de aplicarla.

Urge hablar de racismo en México, no solo para hacerlo consciente, sino para quitarnos la venda de los ojos, para combatir la ceguera que nos impide reconocer desde las pequeñas pero lacerantes expresiones racistas den el habla hasta la exclusión social y discriminación por motivos raciales.

(diego.petersen@informador.com.mx)

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