Miércoles, 28 de Octubre 2020

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Plata o plomo: ¿por qué matan a nuestros policías?

Twitter: @Jnlomeli 

Por: Jonathan Lomelí

Plata o plomo: ¿por qué matan a nuestros policías?

Plata o plomo: ¿por qué matan a nuestros policías?

La sangre se puede contar. Y el conteo de 95 policías asesinados –cada cifra una vida– inició probablemente en Cuautitlán García Barragán en 2013. Aquel año asesinaron a un policía de ese municipio jalisciense. No hay registro noticioso del hecho. En cambio salta este titular en la pantalla: Los policías peor pagados de México ganan $2,380 pesos al mes (2016). Menos impuestos, claro. El artículo habla de los agentes de la policía municipal de Cuautitlán García Barragán, una demarcación atravesada por una ruta que conecta con el Puerto de Manzanillo y que el Cártel Nueva Generación usa para el trasiego de drogas.

En total 95 policías han sido acribillados de 2013 a la fecha en Jalisco*. De esos, 71 eran municipales, 11 policías investigadores, el resto estatales y federales. ¿Eran buenos o malos policías? Ante el crimen organizado, ¿tuvieron que elegir plata o plomo? Son héroes o criminales uniformados. Una pregunta que muchos nos hacemos. Y una respuesta que la Fiscalía del Estado no tiene. No lo sabe porque en seis años sólo ha resuelto 7 homicidios de policías. El resto permanecen impunes; la autoridad no conoce al culpable, ni las razones del crimen.

Significa que la Fiscalía estatal ni siquiera investiga los crímenes contra los suyos. ¿Qué esperar de un homicidio promedio? De hecho, podemos esperar lo mismo. En Jalisco se castigan sólo seis de cada 100 homicidios. A nivel nacional no es distinto. El problema incluso se ha acentuado en los últimos años, según el Índice Global de Impunidad IGI-México 2018.

El fenómeno es generalizado en torno a cualquier ilícito. Supongamos que A comete un delito. Si B denuncia –en el 93% no lo hace por desconfianza– la autoridad no investiga. Por tanto A nunca es detenido. Ni procesado. Ni sometido a juicio. Ni obtiene sentencia. Ni va a prisión. Esa es la verdadera cadena que ata nuestra libertad: una cadena de impunidad.

Apenas en marzo, el Congreso de Jalisco elevó la pena hasta 70 años de prisión por el asesinato de policías. Pero de qué sirve si a los homicidas no se les detiene ni procesa.

Cuando uno se asoma a la realidad del policía en México, esto es lo que ve: un ciudadano como cualquier otro.

También son padres de familia. Los estudios sobre el perfil del policía en el país señalan que ocho de cada 10 están casados y en promedio tienen dos hijos. La mitad está allí por vocación; el resto por necesidad. Más de la mitad se siente discriminado por la sociedad. De hecho, después del agente de tránsito y un juez, el policía municipal es al que la población percibe más corrupto. Un policía raso, el eslabón más débil, el último de la cadena, gana diez mil pesos al mes en promedio. Con ese sueldo, uno de cada dos costea su calzado. “Los uniformes y las botas que nos brinda la institución son de pésima calidad, se rompen en menos de 2 meses y son incómodas para el servicio”. En Jalisco, dos de cada 10 han sido amenazados por miembros del crimen organizado.

El reciente asesinato de Arturo Gómez, Comisario de Tepatitlán, y su escolta, tiene altas probabilidades de engrosar un legajo que jamás llegará a sentencia. Lo mismo que los 238 homicidios de policías registrados este año en todo el país por el organismo Causa en Común.

Sabemos mucho de la vida de un policía en México. Pero poco o nada sabemos de sus muertes. ¿Por qué los matan? Una pregunta que en el caso de Jalisco sólo la Fiscalía estatal podría responder si los niveles de impunidad no alcanzaran incluso a los suyos.

*Nota: Las cifras de la Fiscalía del Estado de Jalisco difieren del conteo periodístico y del organismo Causa en Común sobre policías asesinados en el Estado y en México. Con esa salvedad, se aclara que para este artículo se utilizan los datos proporcionadas por la dependencia. Sin embargo, llama la atención la inconsistencia estadística de la autoridad, tema quizá de otro artículo.

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