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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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Pagando plaza

Por: Armando González Escoto

Pagando plaza

Pagando plaza

Es la tarde de un día entre semana, el bullicio no cesa en uno de los grandes mercados urbanos, de pronto surge de entre la multitud de visitantes un hombre menudo, saludador y dinámico, llega a un puesto y le dan de inmediato varios billetes, va a otro y sucede lo mismo, sin chistar, sin dar recibo, sin mediar otra cosas que la sonrisa y el saludo del recaudador y el gesto resignado del aportador.

Empleados y dueños siguen su rutina, ofrecer sus productos a los posibles clientes, desde que amanece hasta que llega la tarde, vender y regatear, cuidar la mercancía, llevar los registros, otorgar recibos y facturas, mantener lo que se vende en las mejores condiciones, a veces permanecer de pie por varias horas. El dueño en específico debe estar muy al tanto de lo que circula y de lo que se va quedando, salir y buscar los mejores precios, arriesgar una y otra vez, sufrir más de algún robo, tener los recursos suficientes para pagar su nómina, pequeña o grande, junto con los impuestos oficiales, lo que se debe aportar al mercado, o el alquiler por el puesto si es que no es propio, es la fatiga de todos los días y a veces de los muchos años, con su historia de éxitos y fracasos, de crisis y devaluaciones, el trabajo cotidiano que pesa y cuesta; desde luego se obtienen ganancias, pero no son gratuitas, hay que invertirle ingenio, esfuerzo, buenas relaciones, dinero, iniciativa, perseverancia.

Nada de eso importa al “recaudador” vespertino, el sólo va a recoger una parte de las ganancias que otros logran con su trabajo de todos los días. Sin duda el dinámico recaudador recibe a cambio algún sueldo, para luego entregar un buen maletín repleto de billetes a su jefe ¿a cambio de qué? De seguridad, dirá la gente, de una seguridad ofrecida a cambio de una aportación cotidiana, de lo contrario el mismo que protege puede dañar.

En la jerga de nuestros días a eso le llaman “pagar plaza”, y los comerciantes la pagan por una simple y contundente razón: no existe autoridad alguna capaz de protegerlos en caso de negarse a este tipo de chantajes. Su puesto puede ser asaltado de día o de noche, incluso el mercado entero podría arder en llamas sin que el gobierno lo pueda impedir, los mismos dueños no están seguros, ni ellos ni sus familiares, por lo tanto no les queda de otra que transigir, recibir al cobrador, darle la cuota asignada y seguir viviendo.

Los empleados de los mostradores se dan cuenta. Ellos trabajan ocho o más horas por un salario pobre, mientras que éste y otros tantos ganan mucho sólo por ofrecer seguridad o ir de puesto en puesto recibiendo cuotas; los pensamientos vienen y van, también las tentaciones, total, en este país todo se vale, todo se puede, si otros lo hacen ¿por qué no ellos también?

De momento la vida continúa, hay dinero para todos, para los que trabajan y para los que sólo roban, también para un gobierno inepto que sin embargo de sus pésimos resultados, sigue ganando, ¿hasta cuándo?

armando.gon@univa.mx

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