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Martes, 11 de Diciembre 2018

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Mi 68

Por: Pablo Latapí

Mi 68

Mi 68

Cincuenta años. Aunque ya somos unos veteranos entonces éramos muy muy jóvenes. En el contexto de una familia de la democracia cristiana y estudiando en escuela particular, nos encontrábamos en el tránsito entre la primaria y la secundaria.

Hoy he tratado de hacer abstracción de todo lo que hemos leído sobre el 68 para tratar de rescatar los recuerdos propios de esos días.

Vivíamos muy cerca de la Ciudad Universitaria, formaba parte de nuestros paseos cotidianos en bicicleta, y así fue como recibimos las primeras informaciones del movimiento estudiantil.

Veíamos algunas movilizaciones, pero hasta ahí.

Circulaba clandestinamente un cómic, El Guatusi, crítico y opositor del régimen de Gustavo Díaz Ordaz, y se antoja como el antecesor de lo que después fueron los célebres Supermachos y Los Agachados del afamado Rius, que hoy en paz descanse.

De “los estudiantes” se hablaba en la familia. Sin calificarlos para bien o para mal.

La primera noticia fuerte que recuerdo fue sobre el bazucazo a la puerta de la Preparatoria 1 en el Centro de la Ciudad de México. Tanto mi padre, tíos y primos mayores (todos egresados de la UNAM) estaban indignados; varios de ellos habían estudiado ahí, en el Palacio de San Ildefonso.

Después, recuerdo la llamada por teléfono desesperada a la casa de un buen amigo de su abuela; ella vivía en Tlatelolco, fuera del perímetro de la Plaza de las Tres Culturas, pero en aquella llamada gritaba que se habían vuelto locos, que estaban incendiando la gasolinera que estaba frente a su casa.

Y efectivamente, en el noticiario nocturno de televisión, corroboramos el incendio de la gasolinera sobre Avenida Ricardo Flores Magón, justo frente a la unidad habitacional de Tlatelolco.

De la noche del 2 de octubre propiamente recuerdo muy poco, casi nada. Mucha tensión en la casa, pero hasta ahí.

El recuerdo más fuerte quizás fue unos días después, cuando de visita en casa de un compañero de la escuela nos enteramos que en un cuarto “de arriba” tenían como escondido a su hermano Gabriel, estudiante de Ciencias; él había estado la tarde del 2 de octubre en Tlatelolco, había participado en el mitin junto con Marta su novia, y había recibido un balazo en una pierna a la altura del muslo.

Marta, según se relataba en casa de mi amigo, cuando Gabriel se desplomó sujetándose la pierna, lo arrastró hasta sacarlo de la Plaza, lo metió en un automóvil, de quién sabe quién, y lo llevaron hasta su casa, donde fue escondido en ese cuarto, y atendido rudimentariamente por un médico amigo bajo total sigilo.

Había un temor pavoroso a que “El Gobierno” lo estuviera buscando y por ello nadie hablaba de Gabriel.

Con enorme morbo, y en compañía de mi amigo, nos asomamos al cuarto y sólo lo recuerdo sudando copiosamente, como envuelto en un ataque de fiebre, y quejándose del dolor de la pierna.

Ya supimos después que se recuperó, se casó con Marta y sacó adelante una familia de dos hijas trabajando como burócrata en la Secretaría de la Reforma Agraria.

Y después del 2 de octubre: el silencio. El panorama y las calles fueron inundados por los Juegos Olímpicos.

Seguramente después cambiaron muchas cosas, pero a esa edad y en esa circunstancia lo vivimos como parte de la evolución de nuestra generación.

Así, así fue mi 68.

(platapi.en.i@hotmail.com)

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