Viernes, 10 de Octubre 2025

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Me gustaría ser inmortal, pero alto funcionario

Por: Jonathan Lomelí

Me gustaría ser inmortal, pero alto funcionario

Me gustaría ser inmortal, pero alto funcionario

Así como van las cosas, me gustaría ser inmortal, pero gringo.

Discurso del Inmortal. Hernán Lavín Cerda. 

Me gustaría ser inmortal, pero alto funcionario o político. De esos que viajan a Nueva York, París o Glasgow para salvar al planeta y sostienen, muy serios y convencidos, sin que nada los perturbe: “Estamos logrando lo que nadie en 40 años”. 

Mientras asiente con la cabeza un community manager -que esa noche cenará en un rascacielos- junto con otros altos funcionarios -que cenarán en otro rascacielos más alto- esa misma noche. Pero no sólo decirlo sino creerlo porque nadie del pasado vendrá a reclamar y nadie en 40 años se acordará de este momento. 

Me gustaría ser inmortal, pero alto funcionario o político para conjugar el verbo presentar-acciones en inglés, submit-actions, con traducción simultánea al francés, soumettre des actions, y al italiano, presentare azioni. 

Y decir, sin calibrar el terrible peso de mis palabras, que estas acciones son “una apuesta por la siembra de conciencia colectiva para cosechar en el futuro” y que “atacamos el desabasto de agua y el cambio climático con una acción basada en la naturaleza”. Y no sentir remordimiento al saber que después de estas palabras ya sólo está el dios dador de vida. 

Quisiera ser alto funcionario y escribir en un diario nacional, sin sonrojarme, cosas como: “Mi reincorporación a la Secretaría Ejecutiva es una reivindicación personal, claro. No me convierte en un ente imprescindible, pero constituye un modesto triunfo de la legalidad, la constitucionalidad y la razón”.

Y declarar que gracias a la institución que presido el país tuvo estabilidad política, que construí la paz pública durante más de una década, que ahí les dejo un país listo para defenderse de la autocracia, luego cobrar dos millones de finiquito y refugiarme en un aula magna a dictar cátedra sobre lo ejemplar, maravillosa, imbatible, digna y feroz que ha sido mi lucha por la democracia. 

O mandar reunir a 500 mil en una gran plancha de cemento para asegurar, sin ruborizarme, que en el país ya “no hay corrupción, no hay impunidad ni existen relaciones de complicidad con nadie”. Y tener la fuerza moral para quedarme solo esa misma noche en mi Palacio y luego en silencio, antes de apagar la luz, ignorar el remordimiento feroz y criminal de saber que soy un gran fraude. Y conciliar el sueño dulcemente. 

Quisiera ser alto funcionario para no leer libros con frases incómodas como: “Si no levantas los ojos, creerás que eres el punto más alto”.

Quisiera ser de esos altos funcionarios que trabajan “a tope”, que se levantan a primera hora y asisten a juntas durante 460 mañanas en un año. Y que gracias a eso todo marcha muy bien. Y no este desvelado que se levanta antes de las seis, no le alcanza el día, pierde el tiempo en redes sociales más de lo que quisiera, lucha contra el sueño a media tarde y se tropieza cada tanto. 

Quisiera ser alto funcionario pero soy un simple mortal que reniega a veces de esta columna porque hay días en que le parece mala o francamente aburrida o enana (qué vergüenza). Que se esfuerza por cumplir con sus compromisos diarios, que intenta aprender nuevas cosas y decepciona a uno o dos cada día. 

O que se le murió un bonsai por más luz, sombra, luz, agua, sombra y luz que le puso porque a veces las cosas simplemente no funcionan o no salen o todo vale madre y así es como hay que entenderlo pero sobre todo aceptarlo. 

Quisiera ser alto funcionario para sustraerme un rato de esta odiosa realidad. Para descansar de la imperfección con un buen video en Instagram o Tiktok. Quisiera saborear el triunfalismo inconsciente y feliz de un alto funcionario, ser el orgullo de mi familia o de una madre y un padre venerables, un hijo o hija que me perdonarán todo, aunque cada día decepcione a una ciudad o un país entero. 

jonathan.lomelí@informador.com.mx

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