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Viernes, 18 de Octubre 2019
Ideas |

Letreros ociosos

Por: Paty Blue

Letreros ociosos

Letreros ociosos

Después de tantos años pasados con decembrino entusiasmo, ya lo tengo bien sabido, y no espero que a estas alturas, cuando los fastos navideños están en vísperas de culminar con una pantagruélica comilona, los grandes proveedores de insumos se encuentren cómodamente despejados y a la espera de atendernos en cuanto lleguemos a pagar por lo que pretendemos llevar a casa.

Particularmente en estas fechas, tan saturadas de clientela impaciente que, además, suele andar contra reloj, desearía que, aunque fuera por una vez en mi azarosa tarea como diseñadora, proveedora, cocinera, servidora y lavatrastes de tan sonada celebración familiar, coincidiera yo en el supermercado con gente de mi calaña que, aunque deslustrada y sin mucha solvencia para costear cuanto arrebato culinario le apetece, dista mucho de la ralea de inconscientes que abarrotan  estos socorridos expendios, como los que me topé hace un par de días y casi me provocaron un espasmo biliar que merecería más nobles motivos para manifestarse, sin poner en tan serio riesgo mi equilibrio físico y mental.

Al ocupar el duodécimo sitio en una vertical que avanzaba con más parsimonia que una tortuga entumida, me di tiempo suficiente para observar y tomar nota de una realidad, no por común, menos escalofriante, como lo es advertir que vivimos insertos en una sociedad cuyos miembros experimentan serias deficiencias que van, desde la simple debilidad visual, hasta el analfabetismo y la incompetencia cognitiva, pasando por el insondable abismo de la indecencia. En más silvestres términos, podría enunciar que abundan y andan solos por la calle los individuos que, o están ciegos, o no saben leer, o no entienden lo que leen, o no saben contar más allá del cinco, o les vale gorro adueñarse del tiempo y tolerancia ajenos.

...abundan y andan solos por la calle los individuos que, o están ciegos, o no saben leer, o no entienden lo que leen, o no saben contar...

Solo así me explico que, habiéndome enfilado frente a una caja sobre la que pendía semejante letrero que indicaba: “Caja rápida, máximo 10 artículos”, solo otra congénere y su servidora, aunque intercambiando miradas y comentarios de desaprobación, aguardáramos pacientemente nuestro turno, para pagar las tres o cuatro mercaderías que sosteníamos entre los brazos, en tanto quien nos precedía acomodaba más de una veintena de productos sobre el mostrador, sin que tal abuso fuera notado o reconvenido por la diligente cajera infractora de la norma pendiente sobre su cabeza.

A simple vista, aún consciente de que las altas matemáticas no son mi fuerte, ni la prudencia es la virtud por la que me harían un monumento, mientras la abusiva acomodaba su mercancía yo conté hasta 25, y así se lo compartí a mi eventual e indignada cómplice. Y ande usted que la interfecta me escuchó y se apresuró a aclararme que no violó el requerimiento, porque llevaba cinco bolsas de detergente, pero de la misma marca, al igual que tres jabones de barra idénticos y un six de cervezas que, aunque no venían empaquetadas, contaban como un solo producto, igualito que las tres bolsas de botanas. Del pan de caja, jamón, crema, jitomates, mostaza, mayonesa, cebollas y lata de jalapeños nomás le faltó esclarecer que eran todos pertenecientes a un solo campo semántico llamado sándwich.

Mientras los humanos aprendemos a acatar una regla sin que nos amenacen con una sustanciosa sanción, bueno sería que implementaran una registradora incapaz de marcar más de diez artículos o que, de plano, los supermercados erradicaran de tajo sus letreros ociosos. 

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