Somos esencialmente relatos. Historias que nos contamos a nosotros mismos o que otros nos cuentan sobre lo que somos. No importa tanto el hecho como la historia que uno se cuenta a sí mismo sobre él. Eso determina y configura nuestra identidad. “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”, así inicia Gabriel García Márquez su autobiografía Vivir para contarla. Pensemos, por ejemplo, en una ruptura amorosa o un negocio fallido. El relato que construimos en torno a ese hecho prevalece en el recuerdo. La realidad no es objetiva sino narrativa. Cada quien tendrá una versión, una historia qué contar sobre un hecho. De allí que las posibilidades narrativas de un acontecimiento son innumerables. Una ex pareja o un ex socio siempre contarán una historia distinta a la nuestra. Por eso resulta interesante analizar el relato que la clase gobernante se cuenta a sí misma. ¿Qué versión de la historia construyen y en qué papel se colocan? Un ejemplo magnífico lo encontramos en los discursos de Adán Augusto López, secretario de Gobernación, y el gobernador Enrique Alfaro, durante el diálogo sobre militarización en el Congreso de Jalisco. Al margen de los lugares comunes que pauperizan este y otros debates de nuestra vida pública, asoman las historias fantásticas. Para Adán Augusto, miles de jóvenes fueron arrebatados de las garras de la criminalidad gracias a Jóvenes Construyendo el Futuro. “Es otra ya la realidad de nuestros jóvenes”. Andrés Manuel no se equivoca, y cuando se equivoca, eso sólo lo engrandece: “Lo que diferencia a los hombres de Estado es saber corregir a la hora de ejercer el poder”. Primero militares no, ahora militares sí. La tranquilidad de conciencia para actuar en cualquier sentido, lo aclara el secretario con falsa modestia, es que “quienes toman las decisiones en este país tienen el respaldo de 30 millones de votos”. Y finalmente, el Ejército no dispara balas sino flores: “Es un Ejército diseñado para la paz, que las oscuras noches de represión, aunque no las hemos borrado de la memoria, ya no son el cotidiano actuar del Ejército mexicano, ahora es un Ejército respetuoso”. Si en el discurso de Adán Augusto asoma un sentido bíblico de su misión, en el del gobernador Enrique Alfaro destaca la grandeza heroica del esfuerzo individual. Él se reúne todas las mañanas a las seis para revisar la seguridad. Él lidia con policías, él encabeza cuartos en situación de crisis. Él ha tenido 697 reuniones de seguridad. Ese es su papel “más allá de los cafecitos y los espacios en donde todos vertemos opiniones grandilocuentes, maravillosas, iluminadas sobre cómo se arreglan los problemas de seguridad”. Hablen, dice el gobernador, “pero lidiar con la cruda realidad no es lo mismo”. Él tiene el monopolio de la realidad, ¿por qué no se compadecen ni valoran su esfuerzo? La cruda realidad de una víctima inocente de las balas en un centro comercial es incomparable, críticos vendidos. La diferencia entre relato y mito es que el primero, en el sentido que planteo como modelador de nuestra identidad, parte de supuestos y hechos más o menos verificables o apegados a la realidad. El mito en cambio se aparta de los hechos para construir un relato fantástico. Mito: “Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico”. La idea de nuestros gobernantes sobre sí mismos tiende más al mito que al relato colectivo. Eso, en el ejercicio del poder, tiene un nombre: mitomanía. jonathan.lomelí@informador.com.mx