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Lunes, 20 de Mayo 2019
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La pesadilla de Rosario

Por: Gabriela Aguilar

La pesadilla de Rosario

La pesadilla de Rosario

Víctima, abuso sexual, delito, injusticia, evaluación psicológica… paciencia. Son palabras que no deberían estar en el vocabulario de una niña de tan sólo cinco años de edad. Pero ahora definen su corta vida, desde que fue abusada por dos adultos que se suponía tenían que cuidarla. Ahora tendrá que esperar al mes de agosto a que le realicen la evaluación psicológica certificada por un perito que se requiere como parte de la investigación. La cita será en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. ¿Cuántas y cuáles palabras podremos agregar ante semejante acto?

Rosario, la abuela de la niña y de su hermana, que acaba de cumplir tres años la semana pasada, sabe que de aquí a la fecha que marcaron las autoridades para continuar con su proceso, no tendrá la patria potestad que reclama de sus nietas. Mientras, a sus 53 años de edad y viuda desde hace nueve meses, se mantiene económicamente impartiendo clases de regularización en su casa, ubicada en Balcones de Huentitán, en Guadalajara, con arreglos de costura, elaborando piñatas y con ventas por catálogo de artículos para el hogar.

La pesadilla comenzó el año pasado. Sus nietas fueron abusadas sexualmente por su padre biológico y también por su padrastro. La madre de las pequeñas, única hija de Rosario, inmersa en las drogas, abandonó la responsabilidad de crianza desde hace tiempo.

Con un papel titulado “orden de protección a la víctima”, emitido por la policía de Guadalajara en el que se formaliza -de ser necesario- la protección inmediata, esta abuela vive con el miedo ante las amenazas de los dos sujetos a los que denunció ante la Fiscalía de Jalisco. Hace unas semanas, el padre de las pequeñas lanzó piedras a su casa.

La madre de las niñas insiste en llevárselas a su lado. Solía ir por ellas para pasar la tarde en algún parque, o eso era lo que decía. Un día, al regresar a la casa de la abuela, la nieta mayor se acercó a pedirle a Rosario le revisara sus partes íntimas. La inflamación era tal que tuvo que trasladarla a la Cruz Verde Planetario. Ahí escuchó la frase que se repetiría varias veces: “no podemos hacer nada aquí”. Después fue a las oficinas de la Fiscalía en Calzada Independencia. “¡Qué carajos iba a saber a dónde llevarla!”, solloza al recordar.

El dolor y coraje se repetiría semanas más tarde con otro hallazgo similar. La nieta menor, con apenas dos años, al ver hombres a su alrededor inocentemente intentaba acariciarlos en la entrepierna. Las hermanitas revelaron que su padre jugaba con ellas y hacía que lo tocaran.

Así se escribe la historia de tres mujeres que buscan la protección del estado y la inmediatez de un sistema judicial. Rosario ha hecho todo lo solicitado por las autoridades, pero siempre con un sentimiento que no la abandona: le salen debiendo.

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