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Viernes, 17 de Noviembre 2017

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La luz que disipa la noche

La luz que disipa la noche

La luz que disipa la noche

Algo ha pasado con La flauta mágica, ésta que fue la última ópera de Mozart que se me ha atravesado desde que fui la primera vez a Londres a finales de los setentas y era la ópera que estaba en cartelera en la London Opera House, que vi, bueno, es un decir, porque llegué tarde y en condiciones deleznables: el primer acto lo vi parado y el segundo, dormido, babeando para escuchar entre sueños el aria de la reina de la noche que tanto me gusta.

En los ochentas fuimos de vacaciones a Nueva York y la ópera que estaba esa semana en la cartelera del Metropolitan era La flauta con la producción de David Hockney, el pintor, escenógrafo y fotógrafo inglés que hizo un trabajo inolvidable. La disfrutamos mucho y las hijas todavía se acuerdan. Luego, estuve en Viena, enviado por el Conacyt, como editor de la revista Ciencia y desarrollo. A última hora pude conseguir un boleto para ver lo que estuviera en la cartelera y… adivinen qué estaba… una vez más la misma que tuve que ver como ‘mosquetero’ del teatro isabelino.

La flauta está en mi destino. La semana pasada la transmitieron desde el MET de Nueva York a las pantallas HD del Auditorio en la Ciudad de México y del Teatro Diana en Guadalajara, así como en otras más en México y en el mundo. En esta ocasión, un buen amigo me invitó a su palco para ver la producción que estuvo a cargo de Julie Taymor con una escenografía al estilo Las Vegas –como comentó una buena amiga. Por eso, me acordé de lo que les insistía a los diseñadores gráficos cuando era editor de La Plaza para que no perdieran de vista cuál era su objetivo: que los textos se pudieran leer mejor y las fotos supieran de quién se trataba y no lo contrario.

Nadie le dijo esto a la Taymor para que la audiencia disfrutara mejor del canto, la actuación y la música y, si se lo dijeron, no les hizo caso, pues le metió mano con ganas al maquillaje, al vestuario estrambótico o chafa, como el de Pamina y a una escenografía metálica, fría y oscura que, por ejemplo, cuando se trataba de poner un árbol para que Papageno simulara despedirse del mundo, se le ocurrió poner uno al estilo blade-runner.

Pero haciendo a un lado todo esto, pude por fin, en el segundo acto, disfrutar la versión de la soprano Kathryn Lewek como La reina de la noche con ‘el aria de la venganza’ que resultó, en verdad, una de las mejores interpretaciones que he oído, con una calidad de voz que muy bien expresaba los sentimientos de la luz y de la noche en medio de la belleza de la composición con todo y esto que le dice a su hija Pamina al entregarle la daga para que mate a Sarastro, su padre:

‘La venganza del infierno bulle en mi corazón. A mi alrededor la muerte y la desesperación se alzan en llamas. ¡Si Sarastro no padece por ti dolores mortales, nunca más serás mi hija y serás repudiada y abandonada para que, por toda la eternidad, queden rotos lo vínculos de la naturaleza si tu mano no se atreve frente a Sarastro!’

Compuesta unos meses antes que muriera Mozart nos quiso decir muchas cosas en esta ópera pletórica de simbolismo, de ritos, de amor y de esperanza, así como, de contrastes entre el conocimiento o la luz y la ignorancia o la noche y, así, pasamos del amor, al abuso de poder y de la noche y la oscuridad de la ignorancia a… ‘los rayos del sol que disipan la noche y destruyen al hipócrita en el oculto poder y, en recompensa, se corona la belleza y la sabiduría por toda la eternidad’, como cierra la ópera Sarastro.

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