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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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La llave mágica

Un grupo de amigos nos reunimos una vez al mes para comentar lo que hemos leído durante ese período de los siete volúmenes de Proust, tal como lo ha publicado Alianza Editorial ‘En busca del tiempo perdido’. El sábado pasado platicamos sobre la primera parte del segundo volumen ‘A la sombra de las muchachas en flor’ que nos vino bien para empezar a salir del caos.

Con esa lectura me di cuenta de que no hay mejor manera para recordar lo que sentimos que la obra de Proust pues, como efecto primario, produce un destape de toda clase de recuerdos, como una de esas buenas iniciadoras que tienen la llave mágica con la que pueden abrir la puerta de esas estancias a las que no hubiéramos podido acceder por cuenta propia y que, cuando se abre, sabemos lo saludable que resulta pues, “los viejos asombran por viejos, los reyes por lo sencillo y los provincianos por lo bien enterados”, como dice Proust y que Alain de Botton lo complementa en ‘Cómo cambiar tu vida con Proust’ (Punto de lectura, 2001), otro libro que viene a cuento ahora que recordé, entre otras cosas, la emoción que se siente al entrar por primera vez a la casa de una de las muchachas en flor como la que pretendíamos en aquel tiempo, cuando nos pasaba lo mismo que al narrador con Gilberta: no le gustábamos pero, sabiéndolo, nos tardamos en aceptarlo.

He recordado detalles, como le sucede a los viejos, de aquella emoción que sentí… “al entrar a casa de Gilberta sin ahuyentar la singular seducción en que por tanto tiempo supuse se bañaba la vida de los Swann… así empecé a explorar, trémulo de respeto y de alegría, aquellas mágicas regiones… y pronto penetré en el corazón del santuario que sólo nosotros podemos dar a ciertas cosas, gracias a la creencia de que tienen una existencia aparte, un alma, que luego esas cosas conservan y desarrollan en nosotros mismos…” y así, entre el animismo de Proust y la trémula exploración, me vino a la cabeza un lejano domingo por la tarde cuando logré entrar a su casa disfrazado de mayor para ver si así funcionaba.

Emocionado exploré la sala y, mientras ella bajaba, me acerqué al retrato al óleo de su madre: guapa, atractiva y misteriosa –como Odette–, de quien me habían dicho que me veía con buenos ojos, como si eso realmente importara.

Percibí la intimidad de su casa como si fuera ella misma, pensando en ver cómo agradarle ese día por cualquier medio posible: explicándole lo que estaba leyendo, hablando del jazz que había descubierto o, mejor todavía, ocultando ese deseo que se expresa como el narrador lo hizo un día con Gilberta cuando la vio sentada en su silla detrás de un bosque de laureles y él se fue a sentar a su lado mientras “ella se reía como si le hiciese cosquillas, pues la tenía bien enlazada con mis piernas, lo mismo que un tronco al que se quiere trepar…”, y esto mismo sentía cuando en la cercanía me llegaba su aliento y suponía “que no podría recobrar la serenidad del presente pero, no por eso, volver al recuerdo de lo pasado ni la previsión del porvenir”.

Pude abrir la puerta de esa casa a la que no había logrado entrar por mi cuenta y riesgo y he vuelto a entrar a ese territorio misterioso, entonces prohibido, usando la llave mágica proustiana. Aquella noche me asomé por el ventanal de triple altura para ver a lo lejos las dos torrecitas de Zapopan y, como si fuera Proust, estuve de nuevo a la sombra de esa muchacha en flor que, si no hubiera sido por esta lectura y los comentarios de mis amigos, se hubiera quedado encerrado en la fría oscuridad del olvido.

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