¿Por qué la oposición habría de ser empática con un presidente que la ataca todos los días? ¿Por qué alguien que ha sido acusado y desacreditado constantemente en las Mañaneras no haría lo mismo ahora que el presidente está en problemas? ¿Por qué no usar todos los recursos al alcance para exhibir a quien los ha exhibido? La única razón para no hacerlo sería que la oposición fuese más inteligente que López Obrador, y claramente no lo es. Una oposición que es capaz de proponer a Palazuelos como candidato (hoy, por cierto, se define el futuro de esa enorme torpeza de MC, pero el daño está hecho); una oposición que corre feliz tras la primera embajada que le ofrece el presidente; una oposición incapaz de articular un discurso coherente sobre el futuro del país no es la fuerza política que nos sacará del hoyo. Por el contrario, alimentar el discurso de odio en medio de la primera gran crisis de credibilidad de López Obrador evidencia que siguen jugando en su cancha.El presidente se metió solo en este pantano. La supuesta superioridad moral en la que basó su pretendida transformación fue excluyendo cada día, cada mañana, a un grupo aquí, uno allá, sacando del gobierno a quienes no opinaban igual, dividiendo al país en conmigo o contra mí. Solo se fue metiendo al rincón sin salida, quedó atrapado en su telaraña de descalificaciones y hoy es víctima de sus propias palabras. Pero ahora sí que, nunca mejor dicho, ya ni llorar es bueno. El golpe a la credibilidad está dado. La primera víctima de esta política de exclusión fue la duda. La duda dejó de verse como lo que es, un signo de inteligencia, para convertirse en un signo de debilidad. La ausencia de discusión sobre las políticas públicas dentro del gobierno; la falta de preguntas pertinentes por parte, ya no de los opositores, sino de los aliados del presidente; la voluntad inquebrantable y la terquedad como valor supremo de la transformación; la lealtad sobre la capacidad, convirtieron un problema delicado, el posible tráfico de influencias de uno de sus hijos, en una guerra mediática. Las benditas redes, el reino de las falsas certezas, se convirtieron en un maldito infierno.Ante la incapacidad de dudar, de poner pausa y preguntar qué estamos haciendo mal, el presidente y sus asesores han ido al límite: violar la ley y consultar públicamente si pueden hacerlo. No es que López Obrador y sus llegados no conozcan las leyes de acceso a la información y protección de datos personales y no supieran de antemano lo que les iba a contestar el INAI, lo que están haciendo es subir, peligrosamente, la vara y la apuesta de la polarización. Es la falta de duda, la certeza ciega de uno y otro bando, lo que nos está hundiendo. diego.petersen@informador.com.mx