Miércoles, 19 de Febrero 2020
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La UNAM y las universidades allende Cuautitlán

Por: Diego Petersen

La UNAM y las universidades allende Cuautitlán

La UNAM y las universidades allende Cuautitlán

En la UNAM hace aire y allende Cuautitlán también. Los paros y protestas en la Universidad Nacional Autónoma de México son, como siempre han sido este tipo de movimientos, una mezcla de demandas precisas, peticiones absurdas y politización generada desde centros de interés particulares. En mayor o menor medida todos los movimientos tienen los tres elementos, y, por supuesto, las autoridades y la clase política, del presidente para abajo, tienden a enfatizar la mano negra, al masiosare en turno, ese extraño enemigo que viene de fuera solo para desestabilizar.

Pensar que no hay una base social y demandas concretas reales en los paros de las prepas y las escuelas es una forma de evasión de la realidad. Es evidente que a las autoridades universitarias les cuesta un enorme trabajo entender la forma en que las y los jóvenes de hoy procesan sus exigencias, pero el que no lo entiendan no quiere decir que no sean reales. La demanda de seguridad y que se evite el acoso de las mujeres estudiantes son exigencias legítimas y de urgente resolución, aunque las formas de hacerlo no sean las que la visión patriarcal quisiera.

La tentación de los gobernadores y grupos políticos de controlar a las casas de estudio es enorme

Pero, así como es cierto que las demandas feministas son legítimas también lo es que la alternancia en el poder y la llegada de Morena han envalentonado a muchos actores en los estados y en la propia UNAM para tratar de romper las estructuras de poder vigentes en las universidades. El primer caso y que debe obligarnos a levantar antenas es la eliminación, de un plumazo y con madruguete en el Congreso del Estado, de la autonomía de la Universidad de Nayarit. La tentación de los gobernadores y grupos políticos de controlar a las casas de estudio es enorme, no solo por lo que son presupuestalmente sino por el capital político que representan.

El gran error que podríamos cometer es meter a las universidades en el mismo saco. Todas tienen problemas de administración y en todas hay cacicazgos, pero las diferencias entre unas y otras, entre Sinaloa y la UNAM, son enormes. Abolir viejos caciques para nombrar jóvenes caciques, que más temprano que tarde se harán viejos caciques, no tiene ningún sentido. Abrirlas a las demandas populares a cambio de bajar aún más los niveles académicos, menos aún.

Democratizar las universidades pasa necesariamente por una mayor transparencia y exigencia de rendición de cuentas en el uso de los recursos, por institucionalizar los procesos y definir los caminos de acceso a puestos, por asegurar la libertad de cátedra y de pensamiento. No hay que bajar sino subir las exigencias en el ingreso, pero al mismo tiempo hay que asegurar políticas de discriminación positiva o acciones afirmativas que den prioridad a grupos vulnerables. Así como la trampa de los caciques es amenazar con que son ellos y solo ellos los que pueden domar políticamente a las universidades, la trampa de los que quieren desbancarlos es asegurar que cambiando de liderazgo político se resuelven los problemas. Tan falso lo uno como lo otro.

(diego.petersen@informador.com.mx)

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