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Lunes, 21 de Octubre 2019
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La Fontaine: una fábula

Por: María Palomar

La Fontaine: una fábula

La Fontaine: una fábula

Jean de La Fontaine (1621-1695) fue uno de los más grandes escritores, de los que hay una pléyade, del Gran Siglo francés (básicamente el largo reinado de Luis XIV). Desde entonces es un clásico, y sus Fábulas, algunas de cuyas expresiones han incluso pasado como proverbios al habla cotidiana, se estudian en todas las escuelas de lengua francesa. Las Fábulas escogidas, puestas en verso por el Señor de La Fontaine, como reza su título completo, se publicaron en doce libros entre 1668 y 1694. 

La Fontaine se inventa a sí mismo como autor retomando un género antiquísimo y que había sobrevivido hasta su época en todas las culturas. Antes del Renacimiento, las antologías de fábulas estaban entre las obras más populares y leídas; en Francia constituían un género literario específico llamado “Ysopet”, es decir “a imitación de Esopo”. Pero La Fontaine, además de recurrir por supuesto a Esopo y los fabulistas grecorromanos, también recoge anécdotas de la India o del medioevo europeo. La mayoría de ellas tienen por personajes, claro está, a distintos animales antropomorfos, y encierran una enseñanza moral (su finalidad educativa está clara no sólo en las moralejas, pues las dedica al pequeño delfín).

Pero el mayor mérito de las fábulas de La Fontaine es su estilo, modelo de clasicismo que traslada a la lengua escrita la ironía ingeniosa y mundana de la conversación de los salones del Gran Siglo, como lo hace en el género epistolar su contemporánea Madame de Sévigné. Por esa misma razón, es muy difícil traducirlas a otra lengua, pues generalmente se pierden matices y guiños, humor y elegancia. De cualquier manera, siguen teniendo mucho que decir en la actualidad. La siguiente fábula retoma una de Esopo:
    
Las ranas que piden un rey*
Resulta que las ranas se cansan de vivir en un Estado democrático y van a importunar a Zeus para que les mande un rey. Por fin cae de arriba un rey grandote y muy pacífico, pero hace tal estruendo al golpear el charco que los anfibios, “pueblo muy tonto y medroso”, se esconden en sus agujeros  y no se animan ni a verle la cara al nuevo soberano. Cuando por fin se animan a salir y enfrentarse a aquel gigante, el tembloroso tropel fue poco a poco perdiendo el miedo: porque finalmente las ranas se percatan de que no es más que un pedazo de madera y, muy valientes, se acercan y acaban por trepársele encima al temido monarca.  

Entonces, siempre inconformes y quejumbrosas, otra vez corren con Zeus a exigirle “un rey de veras, uno que se mueva”. Y ¡zas!, para pronto les cae del cielo una voraz grulla que empieza a cazarlas y zampárselas. Y entonces es el llanto y el crujir de dientes (esas ranas sí tenían dientes), y claman otra vez al cielo por su desgracia. Y Zeus que les contesta: pues quién les manda; no les gustó el rey inútil e inerte, así que ahora aguántense, no vaya a ser que les caiga uno peor...

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