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Lunes, 10 de Diciembre 2018

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Jugar de visitante

Por: Antonio Ortuño

Jugar de visitante

Jugar de visitante

Ya he contado en alguna ocasión el hecho de que he estado en todas y cada una de las ediciones de la FIL. Comencé como escolar, luego como chamaco colado por su hermano, pasé a los talleres infantiles, seguí como lector obsesivo, la cubrí como reportero, edité suplementos alusivos, presenté libros de otros y finalmente, los míos. He organizado eventos de la FIL también, al menos tres veces. Pocas cosas que puedan hacerse aquí no he hecho, pues. Pero me faltaba una: venir  como invitado. Ando, sí, en un hotel cerca de la Expo, y miro la ciudad con ojos entre propios (cuarenta y dos años no son poquitos) y ajenos (llevo cinco meses fuera, luego de una larga época de viajes, que han llegado a los treinta o más al año). La verdad, lo confieso, la FIL vista como convidado es una chulada. Cuando uno nomás baja por la mañana al buffet del hotel  y se sirve unos chilaquiles y un juguito en vez de tener que echarse un café veloz, pasear a los perros, llevar hijos a la escuela y trabajar a toda prisa para llegar a los compromisos de la feria, la cosa se disfruta. Así pinte ocupado el día y uno tenga cuatro mesas por delante, hay tiempo de meditar qué va a decirse. Se charla con los otros invitados. Se encuentra uno con un viejo amigo y se echan unas risas. No hay vida como la del turista, en cierto sentido.  

Y uno puede irse de fiesta en la noche sin pensar en el cúmulo de responsabilidades que se malatenderán si es que hay desvelo y resaca. Nada de eso. El tiempo da para todo. Se va uno a comer a Tlaquepaque y regresa en taxi, charlando o mirando el celular, en vez de irse matando en el carro, intentando dar vuelta mientras rebusca el gafete de entrada en la guantera... Por eso ve uno a los fuereños tan sonrientes y deseosos de volver. Como local, en cambio, la cosa es más ruda. Y no solo para los que presentan libros sino para todos los que trabajan en la feria, que son miles de personas. Por eso no se extrañe usted de que los tapatíos hablemos de la FIL como de un triatlón y los visitantes como de un carnaval. Porque la fiesta siempre es más divertida para el que no tiene que barrer los vidrios, recoger las latas y trapear las pisadas.

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