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Miércoles, 19 de Diciembre 2018

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Joyas del barroco

Por: Jaime García Elías

Joyas del barroco

Joyas del barroco

Si lo barroco, en arquitectura, se identifica con la ornamentación exuberante, en la música se identifica con la elegancia y la nobleza. A ese período, delimitado temporalmente entre 1600 y 1750, aproximadamente, corresponde la cimentación de los conceptos de armonía e invención que alcanzarían su mayor desarrollo en las etapas del clasicismo y el romanticismo.

Nada más injusto, por tanto, por los autores, por sus obras y por los melómanos, que menospreciar a la amplia y rica producción correspondiente a esa corriente, en la que se encuentran algunas cumbres indiscutibles de la música: Corelli, Vivaldi, Bach y Telemann, verbigracia. Y nada más justo, en consecuencia, que culminar la Tercera Temporada 2018 de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) -con Enrique Radillo, su director asistente, en el pódium-, con una Fiesta Barroca, como se  denominó al séptimo programa del ciclo referido.

Sin competir con la grandeza sonora y la vasta dotación orquestal que demandan partituras como las de Mahler o Stravinsky, entre otras programadas en el año que termina, las del barroco, aunque sólo a rareza se programan, nada tienen que envidiarles en uno de los rubros esenciales del arte: la belleza.

Fueron los casos, concretamente, de las Canciones en Primo y Duodécimo Tono, de Gabrielli, verdaderos portentos de inventiva y brillantez armónica,  con dotación a cargo de trompetas, trombones, cornos y tuba, o del Concierto para dos trompetas (en Do Mayor, RV 537) de Vivaldi, con Joao Vilao y Gustavo Merlo, numerarios de la OFJ, como solistas.

Mauricio Díaz Álvarez, guitarrista mexicano, interpretó dos Conciertos para Guitarra, de Vivaldi: el RV. 95 en Re mayor, Op. 59, y el RV 425, en Do mayor. Fueron el plato fuerte de la velada. Su interpretación fue magistral, como corresponde a un catedrático de guitarra clásica en el Conservatorio de Bellas Artes de Choisy-le-Roi, en París…, aunque se valiera de un artificio -pecado venial, diríase- impensable para Vivaldi y sus contemporáneos: la sonorización con micrófono. Díaz Álvarez obsequió sendos encores al final de cada concierto.

El programa se complementó con la Toccata de Orfeo, de Monteverdi; el Concerto Grosso Op. 5, No. 12, de Geminiani; la Sinfonía en Do mayor, Wq 182/3, de C. P. E. Bach, y selecciones de El Burgués Gentilhombre, de Lully.

Nutrida y cálida asistencia en el Teatro Degollado, donde el programa se repetirá este domingo, a partir de las 12:30 horas.
 

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