Viernes, 05 de Marzo 2021

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Hace cien años

Por: María Palomar

Hace cien años

Hace cien años

El benemérito calendario de Galván reproduce en sus primeras páginas parte de las efemérides de cien años atrás. Para las de 1921, con Obregón en la presidencia, llama la atención entre otras cosas que ya no se mencione la pandemia de gripa española que dos años atrás se desencadenó en México y causó un número indeterminado pero importantísimo de muertes. En cambio, el énfasis en las noticias se da a los conflictos religiosos (o más bien antirreligiosos) que ya auguraban el desastre que se avecinaba a medida que iba avanzando la década.

Sobresale el anuncio de la creación de la Secretaría de Educación Pública el 12 de octubre, bajo el mando de José Vasconcelos, con lo que daría principio la mejor época que el país ha tenido en materia de instrucción escolar y de desarrollo artístico y cultural. Hay también notas curiosas como la que informa que el 24 de marzo, el Ministro de la Guerra, un tal señor Estrada, hizo “un viaje aéreo de México a Guadalajara, en tres horas, a bordo del aeroplano Junkers”.

En febrero la Ciudad de México padeció una escasez de energía eléctrica (algo que cien años después sigue sonando muy conocido en toda la República). No se le ocurrió al Ayuntamiento nada mejor que adelantar en una hora el reloj “para evitar excesos de consumo”. En noviembre se publicó un decreto para ajustar los husos horarios que regían en el país, con la peculiar estipulación de que “todos los relojes de la capital habrán de atrasarse veintitrés minutos desde el 1º de enero de 1922”. Entre los desastres naturales sobresale una violentísima tromba que azotó Zapotlán el Grande el 24 de agosto.

A lo largo del año se marcaron las fechas del centenario de la consumación de la independencia (o sea la independencia real), desde la conmemoración en febrero del Plan de Iguala hasta un septiembre lleno de festejos patrios a los que acudieron embajadores y delegaciones especiales de distintos países.

Pero en el aspecto religioso, el panorama era sombrío. El año empezó con una nota celebratoria y optimista, pues el 18 de enero fue en la catedral de Guadalajara la solemne coronación de Nuestra Señora de Zapopan por el Arzobispo Orozco y Jiménez, quien estaba de vuelta en su sede tras años de vivir a salto de mata o exiliado como blanco predilecto de los anticlericales. Pero en el resto del año se registraron en todo el territorio nacional ataques violentos y directos contra la Iglesia, sus ministros, sus propiedades y la inmensa mayoría católica en general. En febrero, “los socialistas” hacen estallar una bomba en el Arzobispado de México, y lo mismo ocurre en junio en el palacio arzobispal de Guadalajara. Los ataques llegan al colmo cuando el 14 de noviembre una bomba de dinamita estalló en la Basílica bajo el altar de la Virgen de Guadalupe, que milagrosamente quedó intacta. Tres días después, en la ciudad de México, tiene lugar “una imponente y conmovedora manifestación” de repudio al atentado, con decenas de miles de personas protestando en las calles y cierre total del comercio capitalino.

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