“Debí morir a los 20 años. Tuve éxito hasta los 40. Me convertí en padre cuando cumplí 50. Siento como si hubiera robado un automóvil, uno realmente lindo, y aún sigo mirando en el espejo retrovisor en busca de luces intermitentes”.Anthony Bourdain, escritor, chef, estrella televisiva y drogadicto (1956-2018). Se llama síndrome del impostor. Se trata de una repentina grieta en la realidad, como si en medio de la oscuridad, un filón de luz iluminara el montaje y la escenografía del restaurante. Y de pronto, como en una revelación, te asomas a través de una cerradura y descubres que todos están allí sin una razón de peso. Comensales, camareros, cocineros, hostess. Cada uno desempeña un papel ensayado en la coreografía de una noche de viernes. En cambio el lavaplatos, pequeño, moreno, con la cerviz encorvada, los dedos flacos y cortos, la piel untada a los huesos, es el único real en ese salón. Evita la mirada de los comensales alrededor, con la timidez o la vergüenza de pisar un escenario teatral en donde todos actúan: aguardan en la lista de espera, facturan una cuenta, trocean un filete que llevan a la boca, eligen la uva más refrescante. Su rasgo más real es una malformación en la oreja derecha. La tiene sepultada, coagulada de carne; un flanco nonato convertido en un muro silencioso, impenetrable. Como la Venus de Milo, cuya mutilación ha intensificado su mito, así este rasgo monstruoso en un apéndice tan aburridamente normal, lo convierte en el único ser vital en el salón. Un lavaplatos encorvado, cerca de la medianoche, en un restaurante de Zapopan con un cubierto inalcanzable para él, abarrotado de mesas, murmullos de comensales y copas de vino sobre manteles impecables, un lavaplatos que se gana los pesos exactos para sobrevivir otro día. Ojalá un camión lo recoja y deposite en su casa en medio de la madrugada. Ojalá una mujer lo espere, ahora o en el futuro, para acompañarlo a la hora de dormir. Ojalá un día él pueda experimentar la irrealidad de una cena cerca de la medianoche, en un restaurante de lujo, en donde un lavaplatos con una malformación en la oreja talla y enjabona copas sucias mientras (otro) me mira lavar los platos. jonathan.lomeli@informador.com.mx