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Sábado, 21 de Julio 2018

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El centenario de José Luis Martínez (Efemérides II)

Por: María Palomar

El centenario de José Luis Martínez (Efemérides II)

El centenario de José Luis Martínez (Efemérides II)

El año de 1918 fue pródigo para las letras de Jalisco.

Abre los centenarios el del nacimiento de José Luis Martínez, en Atoyac, el 19 de enero. En la línea recta que va de su pueblo a Zapotlán el Grande, al sur, y al norte a Guadalajara transcurrirían sus primeros 19 años y ocurrirían sus primeros encuentros con mucha gente que mantuvo cercana a lo largo de su vida. En sus visitas frecuentes a la “matria”, don José Luis, además de reencontrar a sus hermanos y a su querida nana, que vivió en Atoyac hasta una edad avanzada, veía a sus muchos amigos, antiguos y nuevos, y estuvo siempre dispuesto a participar en las iniciativas jaliscienses, ya fueran festivales literarios, homenajes (como el que se dedicó a Agustín Yáñez en 1990, a diez años de su muerte), o la Feria del Libro (por años encabezó el jurado del Premio Juan Rulfo; alguna vez declaró, sorprendido de recibir el Premio Nacional de Letras, que “a mí se me vio cara desde siempre para jurado”).

A los cinco años José Luis Martínez ingresó al colegio en Zapotlán el Grande. Su primer compañero de banca fue Juan José Arreola, nacido también en 1918, de quien escribe que era ya tan brillante y excéntrico como lo sería el resto de su vida y cuya amistad cercana también duraría siempre. De Zapotlán recuerda a dos de sus maestros que dejaron honda huella: Gabino y José Ernesto Aceves.

Entre 1932 y 1937, ya en Guadalajara, donde estudió la secundaria y el bachillerato, se hizo amigo de por vida de otros dos contemporáneos estrictos suyos: Alí Chumacero, venido del Séptimo Cantón, y el tapatío Jorge González Durán. En esa época comienza a delinearse su vocación de crítico y ensayista. Entre sus maestros menciona en primer término al arquitecto y literato Agustín Basave, que tan profunda influencia tuvo en tantos jaliscienses eminentes y que le aconsejó poner su atención en las letras mexicanas. Evocaba también, fuera de las aulas, los conciertos en el Degollado, las conferencias sobre música de José Arriola Adame, las visitas al Museo y la vida en una ciudad que fue para él siempre entrañable.

Su tierra le dio muchas cosas más: “Esa formación profunda del gusto y de la sensibilidad, que se marca por una vez y que no nos abandona, se dio para mí en esta ciudad... Mis nociones del sabor, de la belleza, de la gracia, de la excelencia, de la honestidad, de la claridad, de la alegría y de la tristeza tienen un sello jalisciense”, dijo al agradecer el homenaje que la Universidad de Guadalajara le dedicó en 1988.

Quien haya tenido la fortuna de visitar a José Luis Martínez en su casa recordará ese sello jalisciense precisamente en el gusto, la belleza, la claridad, la armonía, los sabores de su cocina, pero sobre todo la sabiduría y la bonhomía discreta y refinada de uno de nuestros más notables hombres de letras.

YR

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