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Viernes, 15 de Noviembre 2019
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El Congreso de Viena (I)

Por: María Palomar

El Congreso de Viena (I)

El Congreso de Viena (I)

Del 18 de septiembre de 1814 al 9 de junio de 1915 se reunió en Viena un congreso de representantes de las grandes potencias europeas. Los países que habían vencido al imperio de Napoleón I y otras naciones buscaban redactar y firmar las condiciones de paz y, por lo tanto, definir las fronteras y establecer un nuevo orden pacífico. En el Congreso de Viena también se discutió acerca de la libre navegación, la abolición de la trata negrera y la neutralidad de Suiza y Saboya.

Los antecedentes de esa reunión parten de la Cuádruple Alianza entre el Reino Unido, Rusia, Prusia y Austria que se había formado contra Napoleón en 1813. A pesar de una serie de victorias de éste, París cae el 31 de marzo de 1814 y los mariscales fuerzan al Emperador a abdicar, al tiempo que el Senado francés proclama rey a Luis XVIII. Se firma entonces una convención por la cual Francia retoma sus fronteras anteriores a 1792, seguida por el Tratado de París, en el que se convoca al Congreso de Viena.

Todas las monarquías europeas se dan cita en Viena. Asisten quince miembros de familias reinantes, doscientos príncipes y doscientos dieciséis jefes de misiones diplomáticas. También están presentes distintos grupos de presión: los representantes de los judíos alemanes, los caballeros de la Orden de Malta, los partidarios de la abolición de la esclavitud y también buen número de iluminados de ésos que siempre hay y que piensan tener la receta para garantizar la paz mundial.

Todos creían, claro está, que el emperador derrotado, en su exilio de Elba, había quedado fuera de combate. Buen sobresalto se llevarían entre marzo y junio de 1815...

El elenco del Congreso de Viena está tachonado de estrellas, todas merecedoras de gordas biografías: la cabeza de la delegación del Imperio Ruso era el mismísimo Zar Alejandro I, y de la del Imperio Austrohúngaro, su Primer Ministro, el Príncipe de Metternich. Por el reino de Prusia estuvo el barón Guillermo de Humboldt; el Reino Unido tuvo como principales representantes a Lord Castlereagh y el Duque de Wellington. Las otras delegaciones presentes fueron las de los Estados Pontificios, el reino de Cerdeña, la República de Génova, los reinos de España, Portugal, Suecia y Noruega y la Confederación Suiza.

Francia, la potencia vencida, mandó ni más ni menos que al mefistofélico y chaqueterísimo pero supremamente inteligente Talleyrand, la figura más influyente de la política francesa de su época y que también hizo de las suyas en el Congreso vienés. Sus maniobras diplomáticas irritaban enormemente al resto de los embajadores, pues supo explotar las divisiones entre las cuatro grandes potencias, logra que se incluya en las negociaciones a los estados menos poderosos y, a final de cuentas, defiende y protege los intereses de Francia hasta un grado sorprendente y que parecería imposible tras la derrota de Napoleón. Pocas figuras hay en la historia de la talla intelectual y la habilidad política de Talleyrand, sobre el cual han corrido ríos de tinta y que sigue siendo uno de los personajes más fascinantes para historiadores y novelistas.

Tapatío

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