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Sábado, 23 de Junio 2018

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El Ayuntamiento deja sin chamba a otro señor: petición una vez más por las calandrias tapatías

Por: Juan Palomar

El Ayuntamiento deja sin chamba a otro señor: petición una vez más por las calandrias tapatías

El Ayuntamiento deja sin chamba a otro señor: petición una vez más por las calandrias tapatías

Las buenas intenciones pueden resultar muy perversas. Es preciso, sobre todo cuando se trata de cosas públicas, pensarlas bien, consultarlas, encontrar consensos sensatos. El asunto de las calandrias, ya se ha repetido en esta columna, es un grave error del Ayuntamiento de Guadalajara en su conjunto, y una agresión gratuita a una centenaria tradición de la ciudad. Y peor: es una agresión a quienes de las calandrias viven. La actual huelga de hambre de los calandrieros en los portales de Palacio Municipal es patética muestra de hasta donde pueden llevar las decisiones erróneas, por más bienintencionadas que puedan ser.

Los señores regidores se llevaron, literalmente y de paso, entre las patas a otros señores que también viven del milenario y global uso de los caballos como bestias de tiro. Se trata de los frecuentes guayines (carretas) de tracción equina que operan lealmente en la ciudad, sobre todo en su parte oriente (como la de la ilustración). Sus conductores las utilizan para transportar diversas cargas, desde fruta hasta escombro. Y así, resulta que, sin deberla ni temerla, otras decenas de personas se quedarán sin trabajo.

Parece ser que alguna funcionaria se fijó una vez en las calandrias, u oyó opiniones, y se le figuró que sería muy humanitario quitar a los caballos –y por consecuencia a sus dueños– de trabajar. Hizo lo necesario para que los regidores pusieran su ocupada atención en el asunto. Estos compraron (casi todos) la idea de que con la prohibición iban a quedar bien y poco gastados. Las opiniones divergentes, al parecer, no fueron consideradas.

Vamos a ver. Un hecho universal: los muy nobles caballos son animales –entre otras cosas– de tiro. Cualquier trabajador en este ramo sabe que para que las faenas rindan es indispensable que el animal esté en buenas condiciones. Lo contrario va contra su propio sustento. Es el caso de los calandrieros. Si se toma alguien la molestia de darse una vuelta enfrente del Museo, o a un costado de San Francisco, o del otro lado de la calle del Ayuntamiento, se podrá constatar que los caballos guardan razonables condiciones. Basta llamar a un veterinario competente para corroborarlo. Y, si hay fallas, que se corrijan de inmediato.

¿O qué? ¿Se van a prohibir jaripeos y charreadas, desfiles ecuestres, competencias de salto, la caballería en el ejército, la renta de caballos en Los Colomos, los gallos, los pescados en las peceras, los acuarios, las palomas mensajeras –que se cansan cantidad– los perros de los ciegos…? ¿Qué sigue en la supuesta buena onda de a quienes estas cosas se les puedan ocurrir? Sobre todo: ¿por qué la agresión a los humanos en nombre de una imaginaria noción de la “bondad” y la corrección política? 

El 90% de los animales de los circos fue asesinado. Igual cosa va a pasar con los caballos de calandria. ¿Bondad? La idea misma de las grotescas “calandrias” mecánicas es muy peligrosa. La ciudad no tiene por qué ser el hazmerreír de nadie. 

Es de sabios cambiar de opinión. Rectificar. Bastan algunas medidas políticas y administrativas, y buena voluntad, para hacerlo. Todos los partidos ganarían prestigio…que mucha falta les hace. Larga vida a las calandrias tapatías, a los guayines de tiro…y a las charreadas. Dicho todo lo anterior con todo el comedimiento y respeto al cabildo tapatío. 

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