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Martes, 18 de Diciembre 2018

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Dulce María Zúñiga

Por: Maya Navarro de Lemus

Dulce María Zúñiga

Dulce María Zúñiga

No podría decir cuándo decidí dedicarme a estudiar literatura; nací en Culiacán, Sinaloa, en una familia en la que prácticamente no había libros, ni lectores.

Gracias al carácter férreo y al temple de mi madre Paulina, la familia se desplazó a Guadalajara, escapando de la convulsa Culiacán, que en los sesenta constituía al corazón del conflicto entre “gomeros”, policías y otros tipos de criminales. No obstante, mi padre Jesús, obstinado y excéntrico decidió quedarse en la famosa Tierra blanca hasta su muerte treinta años después. Yo tenía 4, y mi recuerdo más antiguo de Guadalajara es repulsivo y desagradable: el olor de las tenerías en el barrio del Retiro. Por suerte, al poco tiempo  nos mudamos muy lejos de las curtidoras a una calle que olía a eucalipto y a tierra mojada.

Lo que sí recuerdo es que un día, todavía muy niña, me encontré un libro en casa y me puse a leerlo, “La Celestina”, de Fernando de Rojas... No entendí casi nada, pero me gustó la sensación de estar conectada con una voz lejana, que narraba y me obligaba a imaginar espacios y personajes que se concretaban para mí en esos momentos de soledad frente al libro. Soy de temperamento tímido, así que la lectura me permitió evitar muchas veces hablar con personas a las que no sabía qué decir. Ahora, tantos años después, sigo siendo tímida pero ya no huyo de la gente, ya tengo lo que se dice uno que otro “tema de conversación”, adquiridos con los años.

Los años de adolescencia y primera juventud transcurrieron entre la escuela, el voleibol y la lectura de uno que otro libro. En la prepa 4 empecé a entrenar con la selección escolar y enseguida en la selección de la UdeG en primera fuerza B. Ese período fue definitorio en mi vida, conocí a deportistas que me enseñaron disciplina, voluntad por hacer bien las cosas y entregar todo el esfuerzo por la camiseta y el trabajo en equipo.

Concluí la prepa en junio de 1980 y ese mismo año en agosto ya estaba en Montpellier, Francia, estudiando francés intensivo para entrar a la Universidad Paul Valéry, en compañía de quien sería el padre de mis hijos. Elegí la carrera de literatura y civilización italianas. Mi primer día de clases fue memorable: Franc Ducros, director del departamento de italiano y un célebre dantista, escribió en el pizarrón en mayúsculas: “ÇA ÉCRIT”, “eso escribe” y a partir de esa sentencia nos declaró la desaparición del autor y nos introdujo en los estudios de lo poético: la sensitiva erudición de Ducros es inagotable.

En Francia aprendí a leer con método y a analizar textos con bases teóricas... fue un periodo de aprendizaje intenso en el que reforcé mi conocimiento de las letras y las lenguas romances: francés, italiano, portugués y español.

Después de cinco años y ya concluida la maestría, regresé a Guadalajara con mi hija mayor, Agnès, nacida en Montpellier. Mi segunda hija y mi único varón son tapatíos: Paola Sofía y Dante Gabriel. A la vez que daba clases y educaba a mis hijos, escribía la tesis de doctorado sobre la última novela de Ítalo Calvino: “Si una noche de invierno un viajero”.

En 1985 obtuve un nombramiento de investigadora en el recién fundado Centro de estudios literarios. Siempre le agradeceré esa oportunidad de oro porque me dediqué a la investigación literaria. A lo largo de mi carrera académica he publicado 6 libros de investigación y varias traducciones, entre las que se encuentra “Marcovaldo”, de Ítalo Calvino, publicada por Siruela en 2015.

Me considero una mujer muy afortunada porque me gusta mucho mi trabajo: hace 32 años que estoy en la UdeG y he tenido varios cargos docentes y administrativos. En la actualidad soy directora de la división de estudios de la cultura, coordinadora académica de la Cátedra Julio Cortázar y de la Cátedra Primo Levi, además de directora de la asociación civil que entrega el Premio FIL de literatura en lenguas romances. Mi trabajo en la Cátedra y en la FIL me han permitido conocer de cerca a personas extraordinarias con quienes he pasado horas conversando y bromeando: Olga Orozco, Nélida Piñón, José Saramago, Maria Kodama, Luisa Valenzuela, Carlos Fuente0s, Gabriel García Márquez, Umberto Eco, Tzvetan Todorov, Carlo Ginzburg, Claudio Magris y ¡ay! tantos más que el límite de 700 palabras deja fuera del texto, pero no de mi espíritu.

No estoy segura de ser una mujer que deja huella en los demás pero sí de que muchos han dejado huella en mí. Tal vez eso sea una huella. La marca de muchas otras que están abajo y por encima como capas de cebolla. Por eso dejo como mención final un regalo especial en mi vida, Kristen, que hace 11años me llevó mucho más allá conocer el amor de abuela, quien me hace estar despierta para poder enseñarle algo, pero también para aprenderle mucho. Soy una mujer de familia, desde mi regreso de Montpellier los hermanos Zúñiga nos reunimos los domingos en torno a Doña Paulina, que nos trajo de Culiacán.

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