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Viernes, 19 de Octubre 2018

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Dos pasos para atrás o para adelante

Por: Rosa Montero

Dos pasos para atrás o para adelante

Dos pasos para atrás o para adelante

Parece que se ha alcanzado un punto de hastío nunca visto con respecto a los comportamientos discriminatorios. Como si hubiéramos dicho: basta ya.

En los últimos años de la dictadura, cuando muchos antifranquistas éramos de algún modo compañeros de viaje del PCE, porque eran la mar de laboriosos y estaban metidos en todas partes, desde los colegios profesionales a los movimientos vecinales, recuerdo que a menudo la gente citaba unas palabras de Lenin que eran el título de uno de sus libros: “Un paso adelante, dos pasos atrás”. La frase se mencionaba como si fuera una perla de sabiduría estratégica que nos mostraba la manera en que la causa de la izquierda debía avanzar. Confieso que a mí aquello me dejaba perpleja; nunca pude entender de qué manera podía avanzar la causa de la izquierda o cualquier causa, en fin, si uno daba dos pasos para atrás por cada paso en la dirección correcta, salvo que le diéramos la vuelta a la Tierra al estilo cangrejo. Pero yo era muy joven y estaba segura, con razón, de mi gran ignorancia, así que nunca dije nada.

Las últimas semanas he recordado ese lema mientras veía cómo se iba construyendo la reacción social contra el pequeño avance feminista. Quiero decir que, cuando estalló el fuego de las denuncias por acoso, todo el mundo parecía estar horrorizado y a favor, como si el planeta entero se hubiera caído de un guindo. Pero luego, como era inevitable, empezó a estructurarse la ofensiva en contra. La historia y la sociedad siempre se mueven de este modo; cada cambio importante origina una respuesta retrógrada; cada avance, una añoranza de involución. Por ejemplo, en el siglo XX creció la democracia (decenas de países entraron en este sistema), se fortaleció el laicismo y se potenciaron los organismos supranacionales como la UE; pero todo eso se ha visto contestado por la creciente nostalgia totalitaria, por el aumento de los fanatismos religiosos y por el auge de los nacionalismos. Y, como el progreso no es inevitable, es decir, las cosas no mejoran obligatoriamente, pues a estas alturas no sabemos si al final acabaremos dando dos pasos hacia delante y uno hacia atrás, que es lo que yo espero, o caeremos por desgracia en la frase de Lenin y terminaremos en las antípodas.

Un perfecto ejemplo de respuesta reaccionaria es la carta de las intelectuales francesas; primero, porque está firmada por mujeres, demostrando lo que siempre digo, que el machismo es una ideología en la que se nos educa a todos y que también nosotras lo practicamos; pero, sobre todo, por su falacia al intentar confundir la agresión y la humillación con el cortejo amoroso. Seguro que hay denuncias exageradas o falsas dentro del aluvión de los últimos meses, ¡segurísimo! Los humanos somos así. Pero ya están los jueces para dirimir eso.

Lo importante de lo que ha sucedido en 2017 es que la sociedad ha subido un escalón en el reconocimiento de la realidad. Hemos dejado de considerar normal una permisividad sexista que amparaba cosas como esas repugnantes cenas del club de beneficencia inglés, por ejemplo, en las que la élite de la sociedad británica metía mano a las azafatas, que estaban obligadas por contrato a llevar bragas negras a juego con la minifalda.

Y no sólo eso: parecería que la sociedad ha alcanzado en estos últimos meses un punto de hastío antes nunca visto con respecto a los comportamientos discriminatorios. Como si muchas (y muchos) hubiéramos dicho: basta ya. Por ejemplo, basta ya de actitudes como la de Rajoy, cuando, preguntado por medidas para reducir la brecha salarial entre hombres y mujeres (en España, según Eurostat, es de 14,9%; otras fuentes la dan más alta), contestó: “No nos metamos en eso”. Imaginen por un momento que estuviéramos hablando de una desigualdad salarial entre blancos y negros y que respondiera algo así: lo hubieran masacrado. Pues bien, eso es lo que tenemos que hacer: despellejarlo. Lo que está cambiando, en fin, son nuestras tragaderas ante la obviedad de las injusticias, ante la bazofia del machismo. Y por cierto: todo esto no es un tema de mujeres, no es algo que nos interese sólo a nosotras. La deconstrucción del sexismo cambia profundamente el modelo social y por tanto las vidas de los hombres y de las mujeres. Es una causa que nos implica a todos. Apoyemos y empujemos, para que los dos malditos pasos sean hacia delante.

© ROSA MONTERO / EDICIONES EL PAÍS, SL. 2018.
Todos los derechos reservados.

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