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Lunes, 18 de Febrero 2019

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Van amaneciendo los días con luces más tempranas. Avanza el renuevo de las estaciones, aparecen distintos brillos y las frondas establecen sus ritmos al compás de los aires ahora más vivos. Cuatro, seis pájaros componen una animada conversación y pueblan las ramas con movimientos sabios y sigilosos. Hasta que una llamada imperceptible los interrumpe y levantan un vuelo alegre y súbito rumbo a su próxima estancia. Declinan luego las sombras y los viejos capiteles de piedra marcan la hora con intemporal precisión. 

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Los pájaros tejen el espacio con sus cantos. Lo sostienen y lo tensan. Van construyendo así una suerte de canasta invisible en la que cabe todo el día, todo el cielo. Los pájaros  tejen la casa con sus vuelos y la mantienen unida; al mismo tiempo la vuelven ingrávida y aérea, fabricada de un aire nunca usado. Una y otra vez, atraviesan el jardín y cruzan, precisos y confiados, los arcos del corredor. Otra vuelta del hilo de la luz que guarda la casa reunida.

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Los amigos llegan al jardín como quien revisita un paisaje que apacigua y remansa los días. Como quien reconoce una música que siempre fue grata, como quien recibe allí la novedad del tiempo y sus traslaciones. Porque las noticias del jardín podrán ser el oro de sus rosas, pero pueden ser también las ventiscas del corazón, el agravio de los años en las frondas, la callada resolución de durar como lo hacen los muros y su recio coraje. Instantáneas noticias favorables giran en la veleta de la torre: y los niños dibujan el mejor retrato de sus mayores que nunca se habrá de ver.

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Habría quien imaginara al jardín como instrumento de toda curación: como una composición de factores cuya suma siempre arroja un resultado venturoso, propicio para el ánimo y la vida. Múltiple dominio, el ámbito del jardín propone lograr ver en cada uno de sus elementos, cada vez que se lo considera, una misteriosa unidad. Mientras tanto, prosiguen los acompañamientos del gato. Dentro de sus recónditos propósitos, determina improbables recorridos, establece rutinas siempre inesperadas. Se lo puede encontrar en muy diversos lugares, siempre escogidos con calculada paciencia. Cuando renuncia a su orgullosa soledad, el gato aparece en escena. Con la distancia justa, la mirada muy atenta, procede a asentar su presencia como quien renueva un dialogo interrumpido.

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La casa se enciende con las visiones que, a través de los ojos de los amigos entrañables, nos hacen reencontrar toda su hospitalidad y toda su dicha. Se habla de las granadas y su esplendor de mansa lumbre. Se considera el fulgor en la punta del pico del pájaro dorado. Se repara en la luz en el guayabo, la refinadísima curva de sus ramas, las palmas amistosas que saludan al aire de la tarde. El destello afilado de las telarañas y sus apacibles episodios de terrible y morosa cacería, la calidad de los destellos en la cresta de la bugambilia. Es una historia que rescata del correr del tiempo una precisa tarde, el recuento de las razones para el sosiego y la esperanza. Porque cada quien, entonces, construye un múltiple jardín y una casa compartida que en el fondo del ánima habrá de guardar de cara al futuro. 

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El pájaro mira el jardín, el gato mira al pájaro, y al gato lo mira el que pasa mientras éste comprende que otra Mirada todo lo contempla desde la infinita pupila que es la máquina de mirar que es el universo.

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Lecturas que regresan tan apremiantes como el primer día. Nikos Kazantzakis publicó, a mediados del siglo pasado, una de sus novelas definitivas: Alexis Zorba. Un canto magistral, a veces con discreta sordina, a veces vasto y excesivo, a Creta, a Grecia, al espíritu que vive en sus islas. Se transcribe un fragmento, traducido de la edición en inglés, de la introducción a la trama.

El mar, la dulzura del otoño, las islas bañadas por la luz, fina lluvia desplegándose como un diáfano velo sobre la desnudez inmortal de Grecia. Dichoso es el hombre, pensé, quien antes de morir tiene la buena fortuna de navegar por el Mar Egeo.

Muchos son los gozos del mundo –mujeres, frutos, ideas. Pero surcar ese mar en la suavidad de la estación otoñal, murmurando el nombre de cada isla, es a mi parecer la dicha más apta para transportar el corazón del hombre al paraíso. En ninguna otra parte se puede pasar tan fácil y serenamente de la realidad al sueño. Las fronteras se borran, y de los mástiles de los más antiguos navíos surgen ramas y frutos. Es como si aquí en Grecia la necesidad fuera la madre de los milagros.

Hacia mediodía la lluvia se detuvo. El sol aparto las nubes y apareció gentil, tierno, lavado y fresco, y acarició con sus rayos las entrañables aguas y tierras. Desde la proa me dejé intoxicar con el milagro que se revelaba tan lejos como los ojos podían mirar.

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