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Lunes, 10 de Diciembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Peatón del aire. El noble valle ensancha sus límites para contener tanto delirio. El paisaje de coches atascados forma un listón de rojo veneno y un cierto aire enrarecido agosta el cielo. Pero los árboles contradicen cualquier mal augurio y hacen prevalecer su quieta bondad sobre la ciudad. Redoblados esfuerzos encaminan a todos los jardines. Una capa de hojas doradas desciende para dar cumplimiento al ciclo de las estaciones. El ritmo de sus savias mide con precisión las temperaturas que se internan en otras regiones. La bugambilia doméstica, siempre inesperada, emite otra floración y da testimonio del benigno talante de su transcurso. Segundo día del mes duodécimo: y el inagotable coro de la bienaventuranza sigue, incombustible.

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Just a simple twist of music: Astral Weeks de Van Morrison es una de esas canciones que atraviesan incólumes los años. Inopinadamente se asoman sus notas al final del día. La música entonces convoca a multitud de pasajes que puntuaron las temporadas, al aire de los tiempos de este preciso día, a tantos instantes que vendrán. Los versos se suceden y van dejando una agridulce estela mientras resuena una armonía que viene de muy antiguo, y que sin embargo habla de todo lo que dura y se interna en el futuro. Van Morrison alterna los registros y los énfasis, juglar inveterado, y sabe sembrar su canto con inesperados recuerdos y deseos, atisbos y esperanzas. Sin duda, las semanas astrales siguen proponiendo, después de tantas vueltas al calendario, su vigencia.

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Lecciones distantes: la brevedad como condición. Al fugitivo paso de los tiempos oponer la intensidad de ciertos momentos, la celebración estoica del lugar, la circunstancia. Arde el fuego que da constancia del tránsito de todo lo que se va, pero también de todo lo que, por misteriosas vías, será un testimonio de la presencia terrena. El humo se levanta, flota, compone un retrato indeleble del lugar, del ánimo. Y todo desaparece, pero la voluntad de estar allí, con parca brevedad, dura. Como también saber distinguir el momento más alto para entonces buscar la alternativa, la marcha hacia otras cosas, otros ámbitos. Homenajes, saludos discretos, lecciones perdurables.

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Modelo para una morada futura. Siete, diez piezas de piedra componen ahora un espacio que supo abrirse paso a través de las eras. Portales, pasadizos, dinteles y recintos que ante la inconmensurable dimensión del tiempo y del mundo pudieron ser de cualquier calado. Forman ahora una realidad espacial irrepetible, y a la que el transcurso del universo igualará con todo lo construido y todo lo imaginado. Poderío de la invención: dejar dicho, en un particular resquicio de las edades, cómo es también posible habitar, establecer ciertas condiciones frente a la intemperie. Y expresar así las aspiraciones y los sueños que indefectiblemente corresponderán a un instante del devenir de todo lo que es.

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De la Biblia. El profeta Isaías da cuenta de una visión. El Creador dispone los jardines:

En las alturas abriré ríos, y fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en la tierra seca.

Daré en el desierto cedros, acacias, arrayanes y olivos; pondré en la soledad cipreses, pinos y bojes juntamente,

 para que vean y conozcan, y adviertan y entiendan todos, que la mano de Jehová hace esto, y que el Santo de Israel lo creó.

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Pinta el cielo de rojo: la banda de Singapur revisitada. Así se llama: Paint the sky red. El título de uno de sus álbumes proviene del verso de Tolkien: Not all who wander are lost (un mantra, sin duda, de los Limonov-Zapoi). No todos los que se dan a la errancia están perdidos. No todos los que vagan yerran. En el tejido de la existencia cada hilo lleva su curso, cada destino su dirección. Pero es la voluntad, siempre, la que es capaz de enderezar el rumbo, de fijar su cometido. La errancia, podría oírse entre las guitarras de la banda, abre la gran posibilidad del deseo, de la vasta multiplicidad de opciones entre las que cada quien, bajo el cielo protector, hallará su camino.

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Para celebrar a Juan José Arreola, a un siglo. Cada año que sucede la maestría de su prosa es más alta, sus refinados artificios más justos. En mínimo homenaje, una transcripción fragmentaria, y que genera insospechadas resonancias, proveniente de las soberbias líneas del Bestiario:

Venimos del horizonte y nuestro navío se enfrenta al muelle del mundo.

He subido a lo más alto de la montaña para ofrecer mi brindis al día futuro.

El barco sigue su ruta entre las islas; en la plenitud de la calma, el mar ha dejado de existir. Son las once de la mañana y no se sabe si llueve o no.

No digan que veo, porque el ojo no satisface a lo que exige un tacto todavía más sutil. Gozar es comprender, y el que comprende, es.

Estos árboles acabarán por adoptarme. Y para merecerlo aprendo lo que hace falta saber:

Ya sé mirar las nubes que pasan.
Sé quedarme en mi sitio.
Y sé casi callarme.

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