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Jueves, 13 de Diciembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Del vuelo los jardines llegan desde el altiplano trasegado. Vienen con la niña que fue, la que sigue siendo el pasmo de las mañanas, el estrago de la tristeza y el tedio. Trae con ella la mirada de la primera vez, la de quien sabe bautizar las cosas, la que puede considerar sin rubor alguno las torres amarillas que dan su nombradía y honor a estas tierras. Con método inicia su tarea de entender dos jardines: y cualquier explicación sale de sobra. En el primero lee la mano de la pastosa rutina del burócrata, la de quien ha olvidado hace mucho -si es que alguna vez lo supo- que un jardín es nomás para la sangre que se yergue, para la escondida mirada del alma, para glorificar por siempre lo que dura la flor del granado; que todo ese hervor, ahora exangüe, no fue dispuesto alguna vez más que para recibir los ecos del gran piano de concierto, las lecturas en voz alta de Claudel que el señor de la casa gustaba hacer, a altas horas de la noche, desde la atalaya de su biblioteca de ventanas doradas por el vidrio de Tonalá. Del segundo jardín sabe apreciar la amistad que le dio torpe pero perdonable origen; sonríe levemente ante la ingenuidad de la verde confusión. Establece leyes severas y afectuosas: es inflexible en sus dictámenes de muchacha aplicada. Pasea du devastadora belleza y quien la mira no entiende cómo tanta inocente crueldad no decapita de inmediato a ciertas palmeras extraviadas, a un macizo de lavanda que mejor había que repartir a las viandantes que por allí pasen, a una desafortunada pata de elefante que es como un jarrón de cursilería instalado frente al arco augustísimo. Luego se va, casi sin tocar el piso, rumbo al centro, guardada por un muchacho güero que la mira como quien descubre una extraña estrella.

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Trípoli la de los naranjales. Historia de dos ciudades. El Mina fue primero, en la pura punta de la península que se asoma como un balcón al Mediterráneo. Detrás de murallas y fosos se multiplicó, desde su posición de cuidadoso vigía fue prosperando con perdurable prudencia. Catorce siglos dura ahora, una y otra vez asaltada, ultrajada, reducida a unas cuantas piedras, a unos leves torbellinos de cenizas. El olor de las naranjas es, sin embargo, de mucho mayor poderío, y del azahar imbatible cada vez se levantaron nuevos faros, iglesias, mezquitas, caseríos de cotidiano encantamiento. Lo que menos pudo ser borrado fue el zoco. Por sí solo, cada vez se recompuso como una planta estoica e invencible. De entre las ruinas floreció vez tras vez la intrincada red de callejuelas, tiendas, mercaderías fabulosas y humildes, patios con estanques de pasmo, mujeres veladas de belleza letal. Una jabonería que es preciso encontrar como en el laberinto se encuentra la aguja ofrece desde el año del Señor de 1460 el portento de sus perfumes definitivos. Pero su relente trae inmediatamente el paso cansino de las caravanas que atraviesan el desierto, de los caravanserais en donde los vigilantes miraron por milenios ver pasar las estrellas, de todas las batallas en el desierto que hicieron posible el trayecto. Y era toda esa hazaña nada más para traer de tan lejos un preciso componente que habría volver al perfume de las naranjas, si se podía, todavía más arrasador.

Así que fueron el azahar y sus azares los que hace nueve centurias levantaron también en la cercana Trípoli una fortaleza que los cruzados imaginaron irreductible y donde guardaron con sus vidas las albas hostias que intentaban, entre tantas inquinas, llevar de nuevo a las tierras de la santidad y la sangre derramada durante todas las eras. Las últimas guerras lograron otra vez destruir a Trípoli: si no a cada piedra, sí al ánimo ardiente de quienes la pueblan. Es ahora un amasijo de torpes edificios desorientados, de grisura infecciosa, de las pestes que cercan y ahogan al alma. Una esperanza queda: es un ojo de prodigio que en medio de los naranjales ahora desaparecidos subsiste. Un azorado arquitecto brasileño fue, a principios de la novena década del pasado siglo, encargado de hacer un gesto que toda la nación quería expresar al mundo: el de los brazos abiertos, la amistad generosa, la concordia de los corazones. Un recinto para el comercio de la hermandad, para la universal exposición de las industrias de los hombres. El señor Niemeyer fincó así un bumerang descomunal, un arco un poco lerdo, un domo cavernoso, estanques y algunas cosas más; de jardines parecía muy poco saber, y en lugar de simplemente recuperar el naranjal dejó unos praditos inanes y más de la mitad de las cuarenta hectáreas largas como un erial huérfano. Llegó después la guerra y del afán apenas si quedó una inconclusa ruina.

Arriba así la generación que emerge ahora sin tan profunda herida a sus cortos años y, perpleja, se da cuenta de que su ciudad tiene, en esas cuarenta hectáreas largas, un ojo para contemplar la tibia noche levantina. Eye in the sky, diría Alan Parsons. Y la caravana, otra vez, se echa andar. El olor de los naranjales se pone en pie de guerra, va dictando sus instrucciones. Tumbar de entrada las murallas de concreto que cercan al gran parque, y continuar en sus ámbitos el tejido de la ciudad. Hacer lo necesario para que el ahora desolado jardín se vuelva maravilloso y reciba a sus hijos, a la población toda. Levantar entonces, todo alrededor de la cintura de la muchacha-parque, casas de blanca modestia y de quieto esplendor para los más pobres, para los de medianos medios, para los ricos: en serena mezcla, tal y como Trípoli lo supo hacer por un milenio, con árabes y cristianos en fraternal existencia. Sobre esa cintura existirá un portal altísimo y transparente en donde las frutas y las mercaderías serán compartidas; luego una bellísima colmena de casas y en la azotea, a la más pura manera árabe, habrá un extendido jardín que dará la vuelta y dominará los nuevos y esplendorosos jardines que algún astronauta habrá de considerar desde su remota órbita. Y en ese jardín habrá olivos y rosaledas, palmas meciéndose, fuentes y canales, juegos para los niños, miradores desde donde el Mediterráneo extienda el vértigo de sus azules; y habrá caballos destinados a que los niños nuevos reaviven su amistad con la más noble de las creaturas, para que vuelvan a ser los amos de todos sus señoríos, para que aprendan a mirar al mundo desde la altura precisa desde la que se conquistan corazones y futuros. Y luego torres, minaretes, veletas girando con el viento del mar. Y habrá entonces todas estas cosas y el corazón de Trípoli volverá a encontrar el gozo, la dicha, todos los placeres y las gracias perdidos…

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De Stephen Dunn, se intenta, a vuelapluma, una versión de un canto de derrota, una palinodia de los años, un himno sin embargo para la que vivirá más allá de la centena.

Porque en mi familia el corazón es el que primero da de sí
y apenas alguien llega a sus cincuenta
creo que habré de desvelarme con unos pocos bandidos
de mi predilección y resistiré al buen consejo.
Inventaré un rollo secreto perdido por los egipcios
y revelaré sus contenidos: las señas
de tu casa, las recetas para el perdón.
Dice la historia que son mis ventrílocuos callejones de piedra,
mi corazón mismo una ciudad con un terrorista
agazapado en la oficina del alcalde.
Estoy en el ánimo de acordar
nomás con ese productor de promesas, el colon:
siguiente, siguiente, siguiente, dice, Dios lo bendiga.
Como García Lorca pudo haberlo escrito: algunas gentes
olvidan vivir como si una gigantesca langosta de arsénico
pudiera caer sobre sus cabezas en cualquier momento.
Mi cumpleaños sesenta es mañana:
Vengan, jueguen póker conmigo,
quiero ser sujeto de una buena limpia.
Ya estuvo con todos esos pinches hijos de la chingada.
Un corazón es para gastarlo. Y, en lo que a mí toca, compartiré
mi mazo con quien quiera que ocupe dar mazazos.
Es la hora de abandonar la búsqueda de lo Invisible,
En los mejores días hay solo un poco más
que las más desvaídas aproximaciones. El milenio
mi querida, seguramente va a decepcionarnos.
Creo que seguiré describiendo las cosas
para estar seguro que de veras sucedieron. 

jpalomar@informador.com.mx

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