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Sábado, 21 de Julio 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. El frío tempranero no desanima a los pájaros. Entre los ramajes más tupidos se las arreglan para encontrar sus objetivos. Atenidos a ritmos ignotos emplean después su tiempo en tareas sin duda igualmente esenciales: mirar a su alrededor y cantar. El trajinar de la ciudad indiferente se sujeta a muy distantes preocupaciones, y el mundo de los pájaros, en cambio, toma nota, afina sus cuidados, todo lo comprende. Aves variopintas llegan a la pila, cruzan alegres bajo los arcos del corredor, emprenden luego largas travesías o más bien simplemente cambian de rama y prosiguen su cantarina conversación, sus observaciones infatigables. Habitan. El sol del sur entibia los muros impasibles, haces de luz dibujan composiciones ya olvidadas y le dan a los cuartos resplandores inesperados. La enredadera infatigable hace prosperar, con una sutil mezcla de astucia y elegancia, sus guías. Parece estudiar las posibilidades de su avance, meditar su estrategia, calcular sus fuerzas, para luego emprender eficaces operaciones en las que, ciertamente, le va la vida.

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Un asquilín recorre el plano. El dibujo se detiene, la observación se concentra. El insecto diminuto traza recorridos de inesperada lógica, abre puertas y ventanas, ensaya senderos en jardines y patios, reinventa la escala de los trazos, dispone límites, propone pausas, lugares de reposo y de ignotas y repentinas decisiones sobre los derroteros que emprende con curiosa determinación. Un inesperado ejercicio parece así asomarse: conectar la remota sabiduría instintiva del asquilín con un nuevo examen de lo proyectado. Hallar en sus misteriosas pesquisas otra vía para la reflexión de los futuros muros, de los recintos por venir. Finalmente, el examinador se aleja, parece desaparecer en el aire.

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El poeta Fernando Fernández mantiene un verdaderamente notable sitio en las ondas cibernéticas. Se llama oralapluma.blogspot.mx. Las muy variadas columnas que allí publica se agrupan bajo un título singular: Siglo en la brisa. Tal denominación proviene de una cita del maestro Gerardo Deniz, que en su transparente misterio devela el espíritu laborioso e iluminador con el que Fernando va produciendo sus entregas: “Ningún mártir podrá lo que un siglo en la brisa o un periplo de hormigas llevándose los granos uno a uno.” Este espectador no puede más que transcribir algunas reflexiones suscitadas por las dos últimas columnas de Fernando.

La primera evoca un tema inusitado y de amplio poderío: el entonces reciente descubrimiento por el niño que fue, en los tardíos años sesenta, de ese indeleble trazo sobre el tejido de México: el anillo periférico. El texto sorprende por su originalidad y por la frescura de una visión del  periférico de la infancia, visto como una especie de gran vía hacia el futuro, como un potente instrumento de observación del paisaje urbano y de los panoramas circundantes. Esa ingenuidad temprana era aún muy ajena al hecho de que el periférico confirmó tácitamente un futuro de décadas de graduales y cada vez más acuciantes problemas viales, de contaminación, de deterioro de tantos contextos de la ciudad. La consecuencia, a través de los años, redundó, como tan bien se describe, en el segundo piso de la infraestructura y todos sus derivados y desvaríos.

El desencanto de un futuro más amplio y luminoso para la ciudad y sus habitantes, que en principio parecía entregar el periférico, es una patética comprobación de cómo algunas de las promesas de las infancias se fueron desvaneciendo ante el embate de una realidad tantas veces ingrata. ¿Desvaneciendo? Tal vez la palabra -esperanzadoramente- sea transfigurando: volviéndose combustible, perdurables reservas de entusiasmo y alegría. Tal vez sea este uno de los trabajos del poeta a través de estos siglos entregados a la brisa de su arduo devenir. Si bien, como tantas cosas, el periférico y la ciudad de los que el poeta habla desaparecieron, nunca ha desaparecido -como lo demuestra esta crónica- ese azoro inicial ante el mundo, esa posibilidad de establecer con él una relación entrañable y gozosa. De ello sabe Fernando Fernández, cada vez -escribiendo y conversando- dar un tan cálido testimonio. Al final, queda flotando, no por implícita menos punzante, la crítica a una cierta modernidad del país que nos condujo a tantas vías equivocadas.

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La segunda columna aborda una estancia solitaria en una vasta extensión de la costa de Oaxaca. Es una crónica sobre dos casas recientes: dos navíos desembarcados y sembrados un poco más allá de la playa indómita. El texto es también un brillante recuento íntimo de la capacidad de cierta arquitectura para conmover, para situar con plenitud en un lugar en el mundo. Bajo el tamiz de una tristeza que se enuncia, y que pervade de alguna manera el recuento de la estancia, existe el retrato preciso de ese lugar, de esas condiciones. Y el croar nocturno de las ranas… Es apenas a través de ciertas fotografías de las cabañas, y de este relato, que se puede acceder a su conocimiento, después de haber, de una manera cercana, seguido las continuadas relaciones que el arquitecto ha hecho de sus progresos y sus dilemas. Desde los primeros esquemas y dibujos hasta la inicial pernocta, y luego los esfuerzos por anclar y aparejar con el correr de los días la habitación de una novísima casa. Una casa fincada, hincada, sobre un suelo nunca antes hollado por la mano del hombre. Un acto primigenio, fundador: así logró, a través de los milenios, la raza humana establecer arduamente sus condiciones frente a la intemperie. El inicio de caseríos y aldeas, de la civilización…

Existe algo de heroico y esencial en el intento. Una habitación escueta y liviana que se alza ante los grandes elementos. El sol y el mar, el viento y la noche, la lluvia, las espesuras circundantes. Es la edificación, de una precisa manera, del refugio primigenio del hombre ante el cosmos. Como certeramente expresa Fernando Fernández, la casa navega y capotea los rigores, y su misma ligereza, su aparente fragilidad, son su fuerza. Se habló antes de civilización: pero son estos navíos terrenos una crítica radical enunciada por su arquitecto de la manera como esa civilización ha maltratado y ofendido al planeta. El emplazamiento, los materiales elegidos, el sistema constructivo, la expresión espacial remiten a otras cosas, a otros principios, a diferentes aspiraciones. La principal: la hermandad con el mundo.

Estas notas desbalagadas, que hacen ahora entender mejor algunas cosas, se deben a la lectura de esas evocaciones periféricas, contemplando con arrobamiento un Ajusco todavía esplendoroso. Y a la crónica de los días marítimos. Hay un adjetivo, para regresar a los navíos oaxaqueños, que desde el principio ronda por las descripciones de su arquitecto y ahora se afianza por el segundo recuento: lo agreste. Etimológicamente, lo que no está cultivado. La procuración por preservar esa condición, por darle a dos cabañas un emplazamiento cuidadoso y leve es, por sí mismo, todo un manifiesto.

¿Para qué sirve la arquitectura? Se pregunta el autor. Entre otras cosas para lo que después menciona: la curación. Para el sosiego de las penas, para el consolamiento que se recibe, a través de los ojos del poeta, de la disposición de un espacio y un orden ante el cosmos entero, para la serena consideración de sus prodigios y maravillas.

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Las formas del mundo. Guillermo del Toro ensaya una respuesta: es la propia voz del director la que emite los sonidos de la criatura fabulosa que está en el centro de su reciente y celebrada película: La forma del agua. Es necesario, para notar este guiño tan revelador, seguir con atención los pletóricos créditos finales. Este rasgo revela quizás la larga y personalísima artesanía de un autor que evolucionó desde su ya remoto taller tapatío de efectos y criaturas variadas hasta la serie de filmes que por ahora remata en esta cinta en tantos sentidos deslumbrante. Una vasta fábula, sin duda, de la que emergen claras lecturas políticas, pero también las inesperadas visiones de Del Toro, los certeros y acabados personajes y diálogos, sus gozosas aunque arduas obsesiones. Las cada vez más ricas colecciones de objetos que forman los escenarios y los ambientes espaciales que propone son una transmisión crecientemente certera y sofisticada de visiones que mezclan la alegoría, el divertimiento, la nostalgia, las preocupaciones que en el autor suscita un mundo convulso. La forma del agua, la cristalina esencia del planeta, la criatura inocente y sabia bien podría ser el reducto mismo de lo que de indómito e incontaminado logra perdurar y, en más de un sentido, redimir el angustioso panorama de una civilización tantas veces extraviada.

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