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Martes, 21 de Agosto 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Las savias del jardin se retraen con los fríos. Pero su sabiduría guarda intacto el esplendor de los follajes. Mañanas buscando el sol que alumbra la sillita de anea que provino de San Sebastián, de los tulares de la laguna de Zapotlán, cuidadosamente puesta en un lugar preciso de la terraza, y que los primeros rayos pintan de dorado. El centro muestra su mejor cara merced a los días quietos de esta temporada. Se descubren entonces, con calma, fachadas y gracias casi siempre invisibles. Rueda la bicicleta por las calles extrañadamente más amables. Cruzan los pájaros alegres a través de los arcos del corredor. Las vueltas de los años, la fiesta en otro patio amable, el destello de la amistad y de la belleza de las mujeres, las copas güeras que se alzan al tiempo clemente…

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Conjetura del pesebre. The Journey of the Magi. San José carpintero se rascaba contrito la cabeza cuando la Señora y él por fin encontraron un precario refugio. Todo era desolación. El frío, la oscuridad, el ingrato y desvencijado abrigo para las bestias. Pero ya llegaba el alumbramiento. Tuvo algún tiempo, pareciera, San José. Esto lo referiría algún evangelio apócrifo que entre los coptos circularía en los años primeros de la nueva era. Aprovechando los últimos ratos para mejorar el albergue, señor San José puso manos a la obra. Como buen carpintero que era, llevaba consigo alguna precaria herramienta y, diestro, improvisó otras con lo que encontró en el lugar. Rescató maderas desbalagadas, se hizo de algunas ramas y frondas de los árboles circundantes. Comenzó por reparar en lo que pudo la techumbre. Procedió a amacizar los soportes inclinados, a cubrir los costados del recinto con los follajes para aminorar el aire helado. Barrió con una hoja de palma el piso de tierra y paja, respetó sin embargo las laboriosas telarañas de los bichos, inofensivos y azorados. Se decía que no alumbró ninguna fogata por cautelosa precaución. Sí encendió, en cambio, dos potentes antorchas fabricadas con maderas resinosas: y el pesebre olía a un humo misterioso y sagrado, la luz era extrañamente dorada.

Se afanó luego en el pesebre. La Señora, sonreía con dulzura entre los crecientes dolores del parto inminente, miraba hacer a su marido. Limpió San José con aplicados cuidados el humilde comedero. Lo enderezó y le dio fuerza para sostener a todo un Dios. Lo llenó de paja fresca y lo situó con cuidado en el más propicio sitio, cerca de la Parturienta, en plenos trabajos ya. Un ángel, está escrito, velaba. Por fin, el carpintero arrimó las bestias con precisa deliberación. A la derecha el fiel burro, a la izquierda el manso buey que había sido, a la llegada de los peregrinos que no encontraron otra morada, el único testigo del arribo. Y sobrevino luego el prodigio que habría de cambiar al universo. El Niño, que al principio lloraba, se fue aquietando al amor de su Madre. Luego, envuelto en pobres mantas, reposó en el pesebre y los animales iluminados calentaban con su aliento al Salvador del mundo.

Tímidamente llegaron los primeros pastores, rodeados de sus borregos. Un inexplicable gozo los invadió, y sus rebaños entibiaban el aire de la madrugada. Pasaron, parece, algunos días. Una estrella inexplicable refulgía en lo alto. Una vaga polvareda anunció un mediodía la llegada de una visita que venía de muy lejos, en dirección del oriente. Tres augustos personajes, uno montado sobre un elefante, otro sobre un camello y el tercero a caballo. Brillaban sus suntuosos atuendos empolvados por el largo viaje. Descendieron, transidos de hondísima conmoción, de sus monturas. Pidieron con sencillez de reyes el permiso para acercarse al Niño. La Madre dio, con una sonrisa, su aquiescencia. Y entonces  adoraron al recién nacido en la Tierra. Depositaron al pie del pesebre sus regalos: el oro, el incienso y la mirra. Refirieron cómo una estrella que toda su ciencia desconocía hasta entonces los había guiado desde que emprendieran su prolongado y fatigoso viaje.

Al final, todo esto lo saben los niños cada seis de enero. Pero casi todos, cuando crecen, suelen olvidarlo. A sus casas llegan, puntuales, los Reyes Magos. Y ningún adulto ha sido nunca capaz de verlos. A veces dejan regalos tangibles; pero casi siempre, en todas las moradas del mundo donde los niños viven, son otros regalos los que a los niños entregan. El prodigio del mundo, el júbilo por el año que comienza, la sabiduría que la infancia habrá de guardar en ellos por siempre, y que sólo algunos, en particular los más pobres,  preservarán con denuedo. Particularmente propensos a estas dichas son los Epifanios, los que la Providencia quiso que nacieran en el preciso día de Reyes. A ellos, y a muchos, les sucede un raro fenómeno: oyen cómo, luego del amanecer, se alejan las rotundas pisadas del elefante, el paso prudente del camello, el trote alegre del caballo. Entonces conocen el invisible e imperecedero testimonio del milagro: la esencia tangible dejada en sus casas del oro, el incienso y la mirra que cada año los Magos hacen aparecer para ellos, para todos los niños del planeta.

Refieren que entre los coptos se conocen, se conservan y circulan de boca en boca y de generación en generación todas estas cosas. Se consigna aquí una conjetural transcripción.

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Más de Oaxaca. Retablo de maravillas. La parroquia de Santo Tomás Xochimilco preside un barrio remontado a las orillas de la ciudad, precisamente en donde nace el acueducto centenario. Es sencilla, recia, humilde e intemporal. Parece que, sin embargo, guardó por siglos tesoros en su interior, ahora casi desnudo luego de las repetidas exacciones y los bárbaros destrozos que un jacobinismo cavernario infligió repetidamente a preciosos bienes patrimonio de toda la nación, a lo largo de la historia, a todo lo ancho del país. En Santo Tomás, después de los desastres, quedó únicamente un conjunto de retazos de los retablos quemados, destruidos a hachazos, saqueados. (Y es inevitable acordarse entonces del gran retablo del altar mayor de San Francisco en Guadalajara, incendiado intencionalmente todavía hacia 1938 por un hato de salvajes conocido como “los camisas rojas”.)

El caso es que algunas sabias manos de Santo Tomás juntaron la pedacera de doradas maderas subsistentes y compusieron una insólita maravilla, un collage de ingenio, ingenuidad candorosa, y refinadísimo sentido estético. Un pequeño retablo ya intemporal en su expresión, un contundente manifiesto de piedad y de repudio a la barbarie, una pieza de arte magnífica y única. Las geometrías así logradas, desconcertantes y alegres, alaban sus creencias, apuntalan sus tradiciones, contradicen victoriosamente la inquina y la tontería. Al frente del incomparable resplandor, un San Martín de Porres compasivo da cuenta del prodigio.

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Le Corbusier fue un gran poeta, y eventualmente uno de los más altos arquitectos que la historia ha dado. Ignacio Díaz Morales empleó inexplicables energías en denostarlo por buena parte de su vida. “El periodista”, le decía con desprecio. Quienes siguieron desde tempranos días su magisterio tuvieron por lo tanto algunos trabajos para comenzar a apreciar al genio suizo-francés, para aprovechar sus enseñanzas. El encono y la inquina del maestro tapatío tuvieron, contado por él mismo, su origen en una brevísima entrevista que éste tuvo con el Cuervo en su estudio del célebre taller de la Rue de Sèvres, en París, hacia 1949. Con previa cita, Díaz Morales acudió puntual. El patrón del establecimiento lo hizo esperar un rato. Por fin apareció. Luego de un somero saludo, Le Corbusier le preguntó a Díaz Morales, acompañando la cuestión con una leve palmada en la espalda: “Qu’est-ce  que vous voulez, mon petit bonhomme?” (Casi literalmente: “¿Qué se le ofrece, mi pequeño hombrecillo?”) Bastaron estas palabras para encender el genio fosfórico del tapatío. Sintió que no había hecho el viaje para soportar la irónica condescendencia del Cuervo guasón. Herido en su orgullo e indignadísimo, se dio la vuelta y, sin despedirse, abandonó las instalaciones. Y de allí en adelante fue un aplicado y vehemente detractor de todo lo corbusiano. Generaciones de estudiantes oyeron repetidamente sus agrias descalificaciones, cosa con la que aumentó su desorientación frente a la arquitectura contemporánea y contribuyó a empobrecer su incipiente cultura de la disciplina. Lástima. Grandeurs et servitudes de un gran hombre como Díaz Morales.

En la célebre revista Bandera de Provincias (Número 4, segunda quincena de Junio 1929, páginas 5 y 6) apareció un artículo de Díaz Morales. En él exponía su admiración entusiasta por Le Corbusier. Poco adivinaba que bastarían veinte años y una frase para convertirse en acérrimo enemigo del autor de la capilla de Ronchamp. Le Corbusier, en cambio, tan campante, jamás supo de su provinciano odiador. Luis Barragán, en contraste, guardaba entre sus libros de estricta cabecera un muy leído ejemplar del Poéme Électronique, y en su biblioteca y en ciertas de sus obras se advierte una más que benéfica y útil –por bien asimilada- influencia del poeta, al que ahora volvemos para citar una misteriosa y admirable línea. Dice:

Les hommes se racontent la femme dans leurs poèmes et leurs musiques.

(Algo así como: “Los hombres se cuentan a la mujer en sus poemas y sus músicas.”)

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Nombre de un travieso hotel en el camino a Cuernavaca: Rapid Inn.

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De la metafísica cibernética: un letrero que eventualmente es preciso apachurrar para acceder a ciertas páginas de la pantalla y que dice: No soy un robot. Orwell, Borges y Huxley lo hubieran apreciado. Afirmación ante la que cabe preguntarse si no seremos todos el Golem que el argentino celebraba.

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