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Lunes, 19 de Noviembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Un norte arriba al valle de Atemajac. Los termómetros rondan el cero. Toda la noche hizo el aire sus tropelías. Un plano largo extendido bajo la pérgola, y anclado con una larga serie de piedras, amanece en los jirones de su propio naufragio: buenos augurios. Con la ayuda del maestro jardinero es necesario rearmar los retazos, acomodar más piedras. Trabajosamente el trayecto dibujado vuelve a tomar forma, y al paso, el maestro hace dos o tres observaciones certeras y sabias. La hojarasca va y viene, el guayabo interperrito enseña su mejor cara. Ciertas plantas se arrebujan como pueden bajo el amparo del destartalado invernadero. Llega un amplio ramo de lirios. El rojizo resplandor, desde una callecita de la Rive Gauche, las recibe, sonriente e impasible.

El Dalai a diez metros. Por alguna razón regresa el recuerdo de una vez fortuita en que, desde las primeras filas del Auditorio Nacional, la increíble irradiación de bondad, sabiduría y humor del santo transfiguraron, otra vez, la vida. Eran los días del bronco cabeceo del navío, de las olas y sus revolcadas, de las noches que ardían por las dos puntas (y lo dijo Roxy Music: Both ends burning…). Eran los días de la lámpara incierta, de los acertijos irresolubles, de las estancias en la casa inolvidable del Camino a Toluca o la de la calle de Durango, de más batallas por el jardín de Tacubaya, del concurso de los quinientos perdedores -y, por cierto, de dos que ganaron, sin distinguir nunca el triunfo y la derrota, esos dos impostores. Dos horas con el Dalai Lama, sin percibir gran cosa lo que se decía. Era más bien la mera presencia, un sereno gesto, la sonrisa pronta: y la paz que descendía, ay, siempre intermitente. Dicen que En busca del tiempo perdido, iba a ser titulada por Proust Intermitencias del Corazón: pues eso, como diría el Forges. Pero bien que alguien se acuerda de la multitud todavía pasmada y alegre que desembocaba, al final de la séance, a un Paseo de la Reforma como más verde, más hospitalario, más vivo.

Peter Murphy: Jungle Haze. No es solamente la voz, es el fraseo, los énfasis sutiles o brutales del barítono. Murphy es una de las voces centrales del rock, desde los tiempos de Bauhaus hasta los que corren. Va conjetural traducción:

Niebla de selva

Me sonríes
Con tus ojos extraviados
Tembloroso de lo que digas
Tu burdo paraíso del deseo de la errancia
Tu oro
Sólo frío, frío acero

¿Dónde el amor en esa
Niebla de selva?
Edificas templos
Hechos de arena

Les ordenas
Besar tus pies
Cuando eres tú quien debería besar su mano
Dado ese paraíso de espeso polvo
Tus deseos
Tan límpidos todavía

Dónde el amor en esa
neblina de selva
Construyes templos
Hechos de arena
Abandona tu ciudad
Abandona tu sueño
Deja al silencio mecerse

Ven a oír
Mecerse al silencio
Deja al silencio mecerse


La caída. La cámara lenta se enciende cuando el equilibrio se extravía. El que cae comprueba cómo su cuerpo se abandona a la gravedad, cómo el mundo gira con una inesperada lentitud. Mientras el trayecto rumbo al centro de la Tierra sucede acuden mil hipótesis en la mente aturdida, y sin embargo lúcida. ¿Será fatal el porrazo, habrá fracturas y contusiones, se romperá la mesa que acaba de volar por los aires? ¿La causa del tropiezo fue esa maceta pequeña junto a la pilastra o la cinta del zapato desamarrada? ¿Será épico el papelón o se perderá en la refriega de la fiesta? ¿Por qué este viaje se hace tan largo y, sobre todo, por qué hay este extraño placer de flotar por riesgosos y relativos -Einstein- instantes en la incertidumbre y la entrega incondicional al destino? ¿Fue un asomo de eternidad o una remota ilusión? Todo en cámara lenta. Misterios de lo que pesa.

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Las listas de música del Padre Luis Hernández Prieto S.J. 1975. Impagable antología de lo mejorde todos los tiempos. El Cura (o Curoa), como en el CAIC se conocía a su fundador y guía, dio en impartir una clase optativa –que debió haber sido obligatoria- en la que enseñaba a los escolapios a comenzar a adentrarse en las cumbres musicales de todos los tiempos, de los cantos gregorianos a Stockhousen. Exactamente como despedía a los excursionistas rumbo a las puntas del arduo cerro. No había miramientos ni tiempo que perder. Así, a lo largo de uno o dos o tres semestres, ya pardeando, los escogidos se encerraban con el Padre en un saloncito lamentable de un edificito horroroso del Iteso. Sacaba el oficiante, con mucho cuidado, sus discos. El ahora antediluviano aparato de reproducción tenía un sonido impecable. El personal iba de asombro en asombro, muchas veces sobrecogido o extasiado gracias a las breves explicaciones previas del maestro. Giraba, como siempre hipnótico, el tocadiscos. Transcurría la velada con morosidad incomparable,dentro de un tiempo suspendido y maravilloso. El encantamiento se acentuaba cuando se observaba al tantas veces legendario Padre Hernández Prieto gozar con fruición reconcentrada cada pasaje, fumar con idéntica fruición sus Príncipes tan oscuros, marcar imperceptiblemente los tiempos o la entrada de la sección de cuerdas. Es posible que en esa aula se haya aprendido infinitamente más que en todo el tambache de materias que plagaban el programa académico de la Escuela de Arquitectura (y aquí cabe acordarse del verso de Bruce Springsteen: We learned more from a three-minute record than we ever learned in school). En fin, De la musique avant toute autre chose…

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Del Camello. Alguien habría de aplicarse a hacer, antes de que sea tarde, un retrato de cuerpo entero del Padre Luis Hernández Prieto, S.J. Era químico de excepción, y provenía de una aristocrática familia que lo dotó, cuando se fue de jesuita, de un suntuoso Cadillac 1937 siete asientos (una limosina), café con blanco. Fue rápidamente bautizado por la banda como El Camello. Cuando el Club Alpino del Instituto de Ciencias se echó a andar gracias al Padre, éste puso desde luego su coche al servicio de la insigne institución, como parte de la caravana canónica de cada excursión: La Furgo, el Camello, y el Trompis, en ese riguroso orden, si la memoria sirve bien. Centenares de miles de kilómetros recorridos, con el Padre invariablemente copiloteando –es un decir- el Camello. Cada expedicionario tenía sus preferencias y, si tenía suerte, escogía el vehículo en el que viajaría. Primero se llenaba, por alguna razón, la Furgoneta (Chevrolet Cheyenne ca. 1957) tripulada por el Ciriaco. Después el Cadillac, al mando de el Chango; y al final, el trompudo camión conducido por el Lechero o el Taras. Dicho camión tenía unos instrumentos de tortura conocidos como los asientitos, que consistían en una especie deincomodísimos bancos atorados en el pasillo (contra cualquier regulación) y destinados a los últimos en inscribirse en la incursión. Pero el rey del convoy fue siempre el Camello, dueño deuna admirable suspensión, de unos más admirables sillones, y a ratos animado por la apasionante plática del Cura (cuando no se dormía). Dicen que el Camello subsiste en alguna parte. Ojalá.

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Obras maestras elevadas todavía algunos grados en su suprema latitud: Suzanne, la de Leonard Cohen, cantada por Nina Simone. 

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El biombo de Byron y Llop. Escribe y cita Daniel Capó en The Objective: “En una conferencia pronunciada en la Fundación March, el escritor José Carlos Llop habló de Lord Byron, de la memoria y la poesía. ‘Byron tenía un biombo –explicaba el autor palmesano- en el que iba pegando con goma arábiga fragmentos de crónicas de la época, siluetas de boxeadores y recortesde bustos de figuras literarias, filosóficas o aristocráticas de entre los siglos XVII y XIX. Luego se tumbaba a descansar junto a él. Desde que descubrí la existencia del biombo de Byron, pensé que ese biombo era una suerte de poética contemporánea, porque la vida de un hombre contemporáneo es una vida hecha con base en fragmentos y el tiempo del diván donde a veces nos  tumbamos para contemplarla.’”

Sounds familiar. Very. Sobre todo lo de la goma arábiga.

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