Miércoles, 22 de Septiembre 2021

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Destapadores y corcholatas

Por: Diego Petersen

Destapadores y corcholatas

Destapadores y corcholatas

Fuera máscaras: quien decide al candidato soy yo, “yo soy el destapador”, el único que puede y debe interpretar la voluntad del pueblo. A la goma con los eufemismos democráticos: los tapados saben que “destapador” sólo hay uno y que no sólo hay que atraer su mirada, hay que ser lo más abyecto posible para que el monarca pose su mirada en el delfín. Este comportamiento de los precandidatos no lo habíamos visto desde el sexenio de Carlos Salinas, cuando los secretarios eran capaces de salir a trotar distancias para ellos inalcanzables con tal de salir en la foto al lado del todopoderoso. Zedillo, fuera por convicción o simplemente porque ya no tenía ese poder, terminó con esa bonita costumbre.

El “dedazo”, como se conocía a la práctica de designación del sucesor, era una de las características más nefastas del sistema priista, y al mismo tiempo una de las más interesantes. Designar con el dedo al sucesor era el prototipo de la antidemocracia, sólo había un gran elector, un sólo gran intérprete de la voluntad de un país y todos los suspirantes bailaban al son que marcaba el dedo designador. El Tlatoani por supuesto que escuchaba al pueblo, a las bases del partido, a los sectores, a las fuerzas vivas, pero finalmente la decisión era de él y sólo de él, desde la inmensa soledad del poder. Lo interesante del sistema dedocrático estaba en su contradicción: ese acto de designación era al mismo tiempo el símbolo de poder absoluto y el comienzo de su decadencia, una especie de clímax que anticipaba la impotencia por venir. Más interesante aún es que ningún presidente logró su sueño de seguir gobernando a través de su sucesor.

Revivir el tapadismo no sólo habla del talante antidemocrático de Morena, también muestra hasta qué punto “las corcholatas” son capaces de la abyección...

Revivir el tapadismo no sólo habla del talante antidemocrático de Morena, el partido del destapador; también muestra hasta qué punto “las corcholatas” son capaces de la abyección, que, asumiendo su papel, de plano se han puesto a los pies del presidente: Claudia Sheinbaum no sólo se ha portado como una obediente y sumisa regente, como un miembro más del gabinete presidencial y no como una gobernadora de un estado libre y soberano, sino que ya le entregó al presidente otras dos carteras clave: la secretaría de gobierno y la comunicación social; Marcelo Ebrard agradeció públicamente al presidente el haber sido “incluido en la lista” y le juró lealtad, algo que, uno supone, debería darse por descontado cuando acepta trabajar en un gobierno, pero que cuando se expresa de esa manera tiene una lectura política muy distinta.

Para que haya destapador tiene que haber corcholatas y sobre todo que estas estén dispuestas a jugar ese denigrante papel de tirarse al piso.

diego.petersen@informador.com.mx

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