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Sábado, 15 de Diciembre 2018

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De pelos y repeluses

Por: Paty Blue

De pelos y repeluses

De pelos y repeluses

Hará cosa de siete años que Hortensia llegó a nuestro hogar para alegrarlo con su talante amoroso y su imparable ronrón, al más fiel estilo de un vocho viejo. Desde entonces, junto con el sillón que está a dos de desintegrarse por efecto de sus laboriosas zarpas, se acabó la paz que a muy temprana hora la desdichada rompe, sin pudor ni miramientos, en demanda de su ración de comida y no ceja hasta conseguir que, con jalones de pelo y lengüetazos en la cara, el elegido (a) para satisfacerla se levante de mala gana y le colme su plato de croquetas.

Así es ella, imprudente, zalamera y enfadosa con tanto afecto que prodiga a propios y extraños, pero es también la mascota más sobada y retratada de la cuadra porque es difícil sustraerse a su insistente demanda de caricias que, sin importar de dónde o quién provengan, ella agradece con coquetos maullidos que conmueven a quien repara en esa esponjada bola de pelos, con ojos tan redondos como un botón de camisa y tan azules como el cielo de una mañana sin nubes.

Su vida, desde que fue rescatada en el bosque de la Primavera, no ha sido fácil, comenzando con que llegó hasta nosotros brincando en tres patas, porque la cuarta la traía engarruñada, fracturada y con el hueso expuesto. Aunque el rescate animal no es la especialidad de la casa, no fuimos capaces de ignorar la ocurrencia de aquel ejemplar famélico y desvalido que apareció en busca de algo para apaciguar el hambre, y menos pudimos sustraernos a sus persistentes aunque débiles maullidos con que se dirigió a cada uno de los presentes, como apelando al gesto de piedad que pudiéramos sentir hacia su lamentable condición.

El resto es historia conocida por los parientes y amigos que han soportado sus descarados embates cariñosos cuando nos visitan en casa. Todos están al tanto de que Hortensia, después de ser operada para salvarle la pata fracturada, fue intervenida para ser esterilizada y convaleció con mucha dificultad al tener que vérselas y olérselas con el hostil rechazo de Grizabella, la espigada y remilgosa felpuda que hasta entonces era la dueña del escenario doméstico y que maldita la gracia que le hizo compartirlo con una extraña de su misma especie. Todos saben que la “Chonchis” (el apodo cotidiano que se ganó junto con los kilos que le abundan), es una tragona consuetudinaria, que la aqueja una suerte de asma felina que se controla por medio de una inyección quincenal, que ha sido intervenida para extraerle piedras de la vejiga y requiere alimentación especial.

Tampoco ignoran que por tales motivos, mi defectuosa minina se ha convertido en cliente consentida de la veterinaria más cercana, que es casi como su segundo hogar; pero en breve serán informados de que dispuesta estoy a buscarle otro nosocomio animal, si me veo en la eventualidad de toparme de nuevo en la sala de espera con la mujer más preguntona, metiche, agria y felinofóbica del planeta, a quien apenas le cabe en la cabeza que un humano se tome el tiempo y la molestia de atender la salud de un miserable gato y, además, no le pese dilapidar sus centavos en semejante despropósito.

De momento, gratifiqué sus escozores con el mismo mutismo que apliqué para no expresarle el repelús que me provocan los perros french poodle, como el que ella sostenía en brazos, a los que algunos humanos se toman el tiempo, la molestia y el gasto de no respetar su “perritud” (o como se diga), pintándoles las orejas de amarillo, el copete fuccia y las patas en verde limón.

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