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Lunes, 21 de Mayo 2018

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De curas a curas

Por: José M. Murià

De curas a curas

De curas a curas

Hace algunos años, más de los que uno quisiera, en las páginas de un buen suplemento cultural que había en este periódico, una señora de nombre Magdalena González, quiso enemistarme con mis, de por sí, pocos lectores diciéndome algo así como que odiaba a todos los curas…

Tenía razón, aunque fuera en una pequeña parte, pues hay algunos que me parecen detestables, lo mismo que puede uno hallarlos en cualquier gremio. Es cierto que el hecho de que se consideren representantes de Dios no me parece suficiente para soportar sus trapacerías. Sin embargo, hay otros por los que he sentido verdadera devoción. Hubo, hace varias décadas, por ejemplo, un sabio dominico de nombre Alberto de Ezcurdia, catedrático de la UNAM, que tenía en mi a uno de sus mejores amigos en Guadalajara, lo mismo que otro jesuita de nombre Luis Medina Ascencio, historiador, a quien tuve el privilegio de organizarle un homenaje, todavía en sus últimos años de vida, siendo presidente de El Colegio de Jalisco. Don Luís, sin haber sido mi profesor, fue en muchos sentidos mi maestro. Era un hombre sabio y honesto, aunque poco escribidor. Tal vez por eso se lo recuerde poco.

No está de más la excelente relación que sostengo con la Abadía de Montserrat, uno de cuyos miembros acaba de proclamar una homilía que constituye un verdadero monumento democrático.

También mantuve una buena comunicación con el seráfico Leonardo Sánchez, ya finado, de quien fui cómplice en la forja del archivo de la basílica de Zapopan. A la vez son colegas, a quienes respeto y profeso afecto, el también franciscano Francisco Morales y, claro está, los seglares Chayo Ramírez y Armando González Escoto, en cuyos textos y charlas he abrevado con fruición. De los actuales cronistas de Guadalajara, Armando es el más formal. No en vano EL INFORMADOR lo tiene entre sus filas.

Metidos en gastos, este “padre” muy tapatío clama a gritos el premio Ciudad de Guadalajara que se concede para celebrar los cumpleaños tapatíos… Pero el caso también de Tomás de Híjar Ornelas, a quien se lo acaban de dar. Tomás, aparte de un ciclista empedernido se está dedicando a la figura de Antonio Alcalde, que no podía estar en mejores manos.

Ahora bien, hablando de premios, el historiador fraudulento, jesuita por más señas, que en realidad no debería haber pasado de “Chuchín”, cuya colaboración rechazamos por pésima cuando hicimos la primera versión de Historia de Jalisco (1982) y a la fecha lo único que ha hecho el hombre es tomarle el pelo a la gente, llega al fin de sus días sin haber dejado escrita una sola línea aceptable.

Pues bien, este cura, marginado del ITESO precisamente por sus grandes limitaciones, encontró un espacio en las prepas de la U de G. y echando rollo en las aulas básicas de su escuela de Historia. A él, sí me permito detestarlo. Quien tenga un poco de ética no puede hacer otra cosa. 

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