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Sábado, 20 de Octubre 2018
Ideas |

De a dos

Por: María Palomar

De a dos

De a dos

Primero, la mala.

Unas preguntas al aire. Domingo al mediodía, el centro está lleno de gente. ¿Por qué quitaron las bancas de los portales del Ayuntamiento? ¿Para que la ciudad sea un poco más hostil, más fea, menos vivible? La gente se sienta en el suelo y en las gradas del lado de Alcalde, seguro para admirar el horrendo macetón, o para meditar sobre por qué el Cabildo ha ido tomando decisiones como la de vender los inmuebles del Registro Civil y de Marsella; o qué onda con el jardín de Mexicaltzingo, del que nada se ha vuelto a saber. O si seguirán los tapatíos siendo gobernados -es un decir- a punta de agravios, ocurrencias y arbitrariedades. Enfrente se ve el fantasma del Museo, desgobernado éste desde el Altiplano, ante la indiferencia de las autoridades de Jalisco y de Guadalajara, que deberían estar encabezando las celebraciones de su centenario. Y la tuneladora, seguro se perdió en las entrañas de la tierra. Ninguna información para los ciudadanos, claro.

Luego (más vale huir), los tulipanes.

No son flores que se den en estos climas, más que en invernaderos. Pero tienen una historia muy interesante. Parece ser que fueron los mercaderes holandeses quienes la llevaron a Europa desde Turquía y causaron sensación. El siglo XVII fue el de los tulipanes: fueron tan preciados que se llegaron a usar sus bulbos (camotes, diríamos aquí) como moneda de cambio. Se gestó así la primera burbuja especulativa y financiera de la historia. Un bulbo podía alcanzar precios exorbitantes: según Le Monde, hasta el equivalente a unos 87 mil euros actuales. Víctimas de su popularidad, los tulipanes provocaron una crisis económica severa en 1637. Se recordará por ejemplo la fascinación de Cornelius van Baerle, el personaje de Alejandro Dumas cuya ambición es crear un tulipán negro.

La autora Nathalie Chahine, en su Petit livre du langage des fleurs,* señala que la palabra tulipán viene del turco tülbent, y éste del persa dulband, «turbante», al parecer porque en esos países se lucían prendidos en los turbantes, o porque los botones de la flor tienen forma de turbante. En Turquía es muy frecuente hallar como motivo decorativo el tulipán en todas las artesanías, ya sean cerámicas o textiles (la representación de flores es de lo poco que logra escapar de la iconoclasia islámica).

La palabra tulipán aparece en Europa por vez primera por 1554, en las Cartas turcas de Ogier Ghiselin de Busbecq, botánico y diplomático al servico del Emperador Carlos en la corte otomana de Solimán el Magnífico. La flor, que crece silvestre en las estepas y las laderas de las montañas del Asia central, había sido domesticada por los excelentes jardineros que eran los persas (y aparece en la actual bandera de Irán).

En Holanda, la pasión por los tulipanes floreció al mismo tiempo que la gran pintura flamenca del XVII, con sus notables bodegones: los cuadros se llenaron de sus pétalos rosas, rojos, púrpuras, blancos, pintos y rayados, y la flor se convirtió en emblema de los Países Bajos.

*París, Chêne, 2016.

YR

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