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Sábado, 20 de Abril 2019

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Cuando la inteligencia artificial se vuelve idiota

Por: Diego Petersen

Cuando la inteligencia artificial se vuelve idiota

Cuando la inteligencia artificial se vuelve idiota

Guardé el celular en lo más profundo de la bolsa del pantalón. Me hizo feliz la certeza de lo conocido y temí, por primera vez, por el futuro, por un mundo manejado por una inteligencia artificial 

Las puertas eléctricas, hoy tan de moda, tienen un problema grave: cuando se va la luz tardas más en desarmarlas que el tiempo que tienes para llegar a tu cita. Eso me sucedió. El tronido del transformador, inconfundible aún para los que vivimos cerca de iglesias amantes de los cohetes mañaneros, fue el aviso. Renuncié a desarmar la puerta y pedí un Uber: seis minutos que uno sabe que serán 10, excepto claro, cuando todo falla.

La imagen del recorrido del que se suponía era el auto que me recogería daba vueltas en redondo, tomar atajos extraños y a moverse para cualquier lado menos hacia donde yo esperaba desde hacía quince minutos. Comenzaba a desesperarme cuando sonó el celular. - “Estoy en el Oxxo” me dijo sin mediar saludo. - “¿En cuál?” - pregunté- pues, aunque hay un Oxxo cada vez más cerca de uno, mi colonia se mantiene virgen de tiendas de conveniencia. - “Aquí en el aeropuerto”, - “no pos ya la hicimos, yo estoy en Zapopan, - “Yo en México. Debe ser un error, déjeme y verifico”, concluyó seco y colgó.

En la pantalla la imagen del auto seguía dando vueltas como un carrito chocón de feria. Volvió a sonar el teléfono, el número en pantalla era más raro que los de un call center de banco. -“Estoy afuera del consulado”, dijo con un acento de Rudecindo Caldeira y Escobiña, el gallego de Tres Patines. - “Y qué hace ahí, yo estoy en Zapopan”, dije ya molesto. - “Zapopan, ¿dónde es eso? -“cómo que dónde, al Norte de Guadalajara” -“¿Guadalajara, México? coño algo pasó muy raro… yo estoy en Málaga”.

El auto virtual siguió dando vueltas, acercándose y alejándose sin dirección alguna, siempre rodeando el domicilio, pero nunca medianamente cerca. Cancelé. La aplicación cobró los 25 pesos de rigor. Tomé una bici pública para acercarme a una avenida y ahí pesqué el primer taxi amarillo que pasó, un Tsuru de los años ochenta, peluche en el tablero y asientos desvencijados al que le sonaba todo menos el radio. Le di la dirección al chofer y sin dudarlo ni consultar plataforma alguna tomó el mejor camino posible para llevarme a mi cita. Guardé el celular en lo más profundo de la bolsa del pantalón. Me hizo feliz la certeza de lo conocido y temí, por primera vez, por el futuro, por un mundo manejado por una inteligencia artificial que en cualquier momento se vuelve idiota y lo desquicia todo. Salud.

(diego.petersen@informador.com.mx)

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