Lunes, 25 de Octubre 2021

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Como si se lavara las manos

Por: Martín Casillas de Alba

Como si se lavara las manos

Como si se lavara las manos

Si en una obra de teatro o en la vida real alguien da un manotazo en la mesa, resulta que ese acto nos dice más que si el o la energúmena exclama y dice que está enojada o que no le parece para nada lo que sea... Simplificando con este ejemplo, entiendo mejor lo que llaman los Imagistas “la correlación objetiva”, como lo bautizaron los intelectuales de una corriente estética literaria que nace a principio del siglo XX, asegurando que, “entre más precisión se tuviera con la imagen expresada, mejor se comunican las emociones”, tal como lo describe T.S. Eliot en The Sacred Wood, El bosque sagrado, publicado en 1922, disponible en una versión bilingüe publicada por Langre en el 2004.

Habría que entender mejor esta idea, pues resulta importante cuando vemos una obra de teatro o leemos un poema de tal manera que podamos reconocer cómo es que la acción comunica mejor las emociones, tal como lo podemos ejemplificar con la escena (5.1.) de Macbeth, cuando la reina anda sonámbula por el castillo, como si se lavara las manos, meses después de haber asesinado al rey Duncan. Esta es la escena:

-Actúa como si estuviera despierta y, en esta somnolienta agitación, además de los paseos que me describe, dígame, ¿qué cosas hace y qué dice mientras camina? -le preguntaba el doctor a la dama de la reina.

-Dice algo, señor, pero son cosas que no puedo decirle.

En eso, sale la reina de su recámara. 

-¿Cómo se hizo de esa lámpara?

-Siempre tiene una a su lado. Dice que necesita tener siempre una luz cerca --le explicó la dama.

-Tiene los ojos abiertos.

-Sí, están abiertos, pero, sus sentidos están cerrados.

-¿Qué hace ahora? ¿Por qué se restriega las manos?

-No sé, eso es lo que acostumbra hacer día y noche: hace como si se lavara las manos, frotándolas varios minutos seguidos.

-Todavía queda una mancha... -dijo la reina.

-¡Silencio! Está hablando... voy a anotar todo lo que diga.

-¡Fuera, maldita mancha! ¡Fuera, digo! Una, dos y bien, ya es hora de hacerlo... El infierno es sombrío... ¡Qué vergüenza, mi señor, qué vergüenza! ¿Un soldado miedoso? ¿Qué importa si se sabe? Al poderoso, nadie le pide cuentas... ¿Quién podría haberse imaginado que el viejo tuviera tanta sangre?


Impresiona verla como loca restregándose las manos en esa “imagen expresada” que nos prepara para oír, poco después, lo que dice Macbeth una vez que le informan que ha muerto su mujer:

La vida es una sombra que camina, un pobre actor que gesticula y se pavonea una hora en el escenario y, luego, no se le oye más. Es un cuento contado por un idiota, pleno de sonido y furia, que nada significa.

A los actores les decían “sombras” y, como todo el mundo es un teatro y nosotros, simples actores, entonces, esta declaración sobre la vida que hace Macbeth, después que hemos visto a su mujer expresando sus emociones, logramos “la pura contemplación”, es decir, una reflexión a fondo sobre la vida. Por eso, los Imagistas la podrían haber clasificado como una “obra de arte”, como lo explica T.S. Eliot y lo utilizó en su poema La tierra baldía publicado también en 1922.

“Tanto el poeta como el crítico, deben diluir sus emociones en lo que escriben para que el texto original sea el que ilumine al lector y de esta manera aumente su valor y logre la pura contemplación”, ese logro lo podemos interpretar de varias maneras: como la contemplación a Dios, como Dante lo hizo en La Divina Comedia, o como  la apreciación de algo que es profundo o, mejor todavía, si resulta que podemos reflexionar a fondo sobre la realidad y la vida, de tal manera que entendamos mejor su significado que, finalmente, para eso sirven las obras de arte tal como lo propuso T.S. Eliot en El bosque sagrado.

malba99@yahoo.com

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